Haz de tus hijos pequeños lectores, con cuentos que despertarán su imaginación y su amor por la lectura.

CUENTOS CORTOS: El país del gris, de Marta Rivera Ferner

Feliz lunes! Empezamos esta semana con un cuento infantil de la argentina Marta Rivera Ferner, poniendo un poquito de color a este cielo gris lluvia que no parece querer dejarnos...

Una historia de niños que cambiaron lo que no les gustaba imaginando los colores de un mundo mejor. Quizá podíamos empezar a intentarlo también nosotros...

¡A leer!

EL PAÍS DEL GRIS

cuentos infantil pais gris
© Lidiapuspita
Hace mucho tiempo, en un lugar muy lejano, hubo un país donde todo era gris: el cielo, el sol, los árboles, las casas... hasta la gente.

Al igual que todos los habitantes de aquel país gris, la vendedora de frutas y verduras no podía imaginarse su mercadería si tuviera color: el amarillo, tan amarillo, del limón. El verde, tan verde, de la lechuga. El morado, muy morado, de las moras maduras. El rojo, tan rojo, de las fresas.

Tampoco el vendedor de pescados podía imaginar que en algún lugar del mundo hubiera peces azules, rojos, verdes o malvas.

En aquel país tan gris, las madres grises leían cuentos grises a sus hijos grises. Las páginas de esos cuentos mostraban niños grises con el pelo y los ojos grises, con la ropa gris. Las hadas eran grises y también las mariposas, las flores y las gallinas.
Los abuelos recordaban haber visto en su niñez libros que contenían dibujos alegres y llenos de color, donde los niños tenían el pelo castaño o rojo o dorado como el trigo. Pero sus nietos grises no les creían ni una palabra. Decían que eran cuentos de viejos.
El País del Gris era aburrido, muy aburrido, y todos bostezaban a todas horas. Y las horas pasaban lentas y grises.

Pero, un día, una niña se cansó de bostezar y aburrirse e intentó imaginar los colores. Pensó y pensó. Con sus ojos grises abiertos y con sus ojos grises cerrados. Durante el día gris y la noche más gris, aún. En el verano gris y durante el gris invierno. En la gris primavera y en el aburrido otoño gris.
Por mucho tiempo, nada ocurrió. Todo siguió igual.

Pero un día, recordó lo que sus grises abuelos siempre contaban sobre antiguos libros con colores. Durante días, imaginó los cabellos rubios de los niños que vivían en esos libros. Mientras lo hacía, hundía sus deditos en la mata gris y espesa de sus propios cabellos. Y una tarde, su pelo, repentinamente, se volvió dorado como el trigo. Imaginó el mar y sus ojos se volvieron azules. Imaginó fresas rojas y sus labios se volvieron rojos. Pensó en sus ropas grises y las imaginó rojas, verdes, turquesas, amarillas y sus vestidos volaron con colores nuevos.

Entonces, salió a las calles de su gris ciudad y llamó a los demás niños grises. Les habló de aquello tan maravilloso y les enseñó a imaginar un mundo distinto. Y, así, cientos de niños grises corrieron por aceras y parques, por campos y colinas y, sólo con el poder de su imaginación, los tiñeron de rojo y azul, de verde y malva, de amarillo y anaranjado. En los valles surgieron mil matices, el mar se inundó de azules, los árboles brotaron en verdes y amarillos y un sol dorado iluminó, por primera vez, hermosas flores carmesíes. El aire se llenó de alegría y los pájaros volaron con alas multicolores sobre un cielo azul recién estrenado. Flores y mariposas desbordaron patios y balcones y pusieron, sobre los tejados, un techo infinito de color.

Y así, gracias a la imaginación de los niños, el País del Gris perdió su tristeza y, a partir de entonces, se le conoció como El País del Color.

TUTORIAL DIY: Pájaros de origami

¡Hola de jueves! ¿Cómo va la semana? Yo por fin he bajado un poco el ritmo de trabajo, así que he aprovechado y he preparado un tutorial súper chulo de origami.

¿Os acordáis del cuento que publiqué hace unos días, el de el color de los pájaros? Pues hubiera querido acompañarlo de un tutorial sencillo con el que hacer pájaros con los peques, pero sólo encontraba maneras súper complicadas de hacerlos. Hasta que por fin, he dado con una modalidad súper facil y apta para niños (¡y principiantes!).

¿Nos hacemos unos pajarillos de colores?

tutorial diy origami pajaros papel
Fuente: krokotak.com

CUENTOS ESPECIALES: La pulga y el ratoncillo, de Gloria Fuertes

¡Feliz semana nueva (con retraso)! Estos días estoy un poco liada con el trabajo, así que no he tenido tiempo de actualizar desde el viernes, pero aprovechando que tengo un ratito os dejo con un cuento-poesía de nuestra querida Gloria Fuertes (también aquí y aquí). La historia de una pulga que se fue de aventuras y encontró un amigo ratoncillo.

¡Que os guste!

LA PULGA Y EL RATONCILLO

cuento infantil gloria fuertes
© HelloPants
Una pulga saltando 
rompio un ladrillo.

La pulga merendaba
pan y membrillo.

Se puso gorda y fuerte,
y se marchó del pueblo a buscar suerte.

La pulga regordeta dio un salto imponente,
y aterrizó en la playa a picar a la gente.

Picar, picaba,
pero el sol de la playa la puso mala.

Pasó un chiquillo comiendo un barquillo,
y la pulga saltando, se metió en su bolsillo.

Vivía el chiquillo en un viejo castillo
y la pulga saltando rompio un ladrillo.

Se fue el verano, vino el frío,
y el castillo quedó vacío.

Quedó sola la pulga con los fantasmas,
y como los fantasmas no tienen carne,
la pulga tenía hambre.

Pasó un ratón, y le dijo la pulga: -Por favor,
¿me deja... vivir en su oreja?
- Salta, pulga, -dijo el ratoncillo-.

La pulga saltó
el ratón saltó
y rompió un ladrillo.

CUENTOS CORTOS: El color de los pájaros, cuento tradicional oriental

Hoy os traigo un breve cuento tradicional oriental, que nos cuenta la historia de cómo los pájaros llegaron a tener los colores que hoy les conocemos.

Un toque de color para terminar la semana. ¡Que lo disfrutéis!

EL COLOR DE LOS PÁJAROS

cuento infantil
© Orla Kiely
Al principio de los tiempos, todos los pájaros eran de color marrón y sólo se diferenciaban entre sí por el nombre y por su forma. Pero en determinado momento, sintieron envidia de los colores de las flores y decidieron que llamarían a la Madre Naturaleza para que les cambiara de color. 
Ella estuvo de acuerdo, pero les puso una condición: tendrían que pensar muy bien el color que cada uno quería porque solamente podrían cambiar una vez.
La encargada de comunicar la noticia por todo el planeta fue el Águila:
Aviso a todos los pájaros. Reunión con la Madre Naturaleza para cambiar de color la próxima semana en el Claro del Bosque —gritaba mientras volaba.
Los pájaros pasaron una semana muy nerviosos, pensando cuál sería el color que iban a elegir. Llegado el gran día, todos se reunieron muy alborotados alrededor de la Madre Naturaleza. 

La primera que se decidió fue la Urraca:
Quiero ser negra con algunas plumas de tono azul cuando les dé el sol, blanco el pecho y blanca la punta de las alas.
La Madre tomó su paleta y la coloreó, mientras el resto de los pájaros comentaban lo elegantes que eran los colores elegidos por la Urraca.

El Periquito fue el siguiente en elegir:
Yo quiero manchas blancas, azules y amarillas por todo el cuerpo
Todos estuvieron de acuerdo en que esos colores le favorecían mucho.

El Pavo Real se acercó contorneándose y con su voz chillona pidió:
Para mi hermosa cola quiero colores que se vean desde muy lejos: azules, verdes, amarillos, rojos y dorados.
Los demás pájaros sonrieron ya que conocían lo presumido que era el Pavo Real.

El Canario se acercó veloz:
Como me gusta mucho la luz, quiero parecerme a un rayo de sol. Píntame de amarillo.

El Loro llegó chillando:
Para que el resto de los animales me puedan ver, quiero que me pongas los colores más llamativos de tu paleta.
Todos pensaron que era muy atrevido al elegir esos colores, pero el Loro se alejó muy contento.

Poco a poco, el resto de los pájaros fueron pasando por las manos de la Madre Naturaleza. Cuando los colores de la paleta se habían acabado y los pájaros lucían orgullosos sus nuevos vestidos, ella recogió sus utensilios de pintura y se dispuso a volver a su hogar. 

Pero de repente, una voz le hizo volver la cabeza. Por el camino venía corriendo un pequeño Gorrión:
Espera, espera, por favor —gritaba—, todavía falto yo. Estaba muy lejos y he tardado mucho tiempo en llegar volando. Yo también quiero cambiar de color.
La Madre Naturaleza le miró apenada:
Ya no quedan colores en mi paleta.
—Bueno, no pasa nada
—dijo el Gorrión tristemente mientras se alejaba cabizbajo por el camino—, de todas formas el color marrón tampoco está tan mal.
—Espera
—gritó la Madre Naturaleza—, he encontrado una pequeña gota de color amarillo en mi paleta.
El Gorrión se acercó corriendo muy contento. La Madre Naturaleza mojó su pincel en la gota y agachándose tiernamente le pintó una pequeñísima mancha en la comisura del pico.

Por eso, si te fijas detenidamente en los gorriones, podrás descubrir el último color que la Madre Naturaleza utilizó para colorear a todas las aves del mundo.

TUTORIAL DIY: Pintando las hojas

Pues parece que el otoño ya se ha instalado definitivamente, tras un largo verano que parecía que no iba a terminar nunca. Y con él, ya vuelven las hojas de los árboles a alfombrar las calles y los parques. ¿No os apetece hacer algo con ellas? Aparte de hacerlas crujir bajo los pies... :) 

A mi sí, así que estos días me he lanzado a buscar manualidades apetecibles y he dado con ésta que hoy os presento, y que me ha gustado especialmente para alegrar cualquier rinconcito. Es muy sencilla y alegre, y nos va a permitir pasar un rato divertido con los peques pintando.

¡Vamos allá!

tutorial diy pintura hojas otoño
Fuente: www.lovefromginger.com

CUENTOS CORTOS: ¿A qué sabe la luna?, de Michael Grejniec

Empezamos la semana con un cuento infantil de Michael Grejniec, un joven autor (e ilustrador de sus propios cuentos) polaco al que conocemos muy poco en España pero que es bastante apreciado fuera de nuestro país. 

De hecho, aquí sólo se le ha traducido este librito "¿A qué sabe la luna?", pero tiene bastantes más. Os recomiendo que si podéis echarle un vistazo a alguna de sus obras lo hagáis, porque os váis a encontrar unas ilustraciones preciosas.

Y ya sin más, os dejo con esta pequeña historia que nos habla de la generosidad y de la importancia de unirnos ante las dificultades.

¡Que os guste!

¿A QUÉ SABE LA LUNA?

cuento infantil a que sabe la luna
Michael Grejniec
Hacía mucho tiempo que los animales del bosque querían averiguar a qué sabía la luna. "¿Será dulce?", "Yo creo que es salada", se decían. Y todas las noches la miraban en el cielo, se estiraban e intentaban alcanzarla, alargando el cuello y las patas. Aunque nunca ninguno, ni siquiera el animal más grande, consiguió llegar a ella.

Una noche, la pequeña tortuga subió a la montaña más alta decidida a tocarla. Desde allí arriba, la luna parecía estar más cerca. Pero aún así no la alcanzó. Así que llamó al elefante y le dijo:
― Súbete sobre mi caparazón, tal vez así lleguemos a la luna.
Pero la luna pensó que se trataba de un juego y, a medida que el elefante se iba acercando, ella se iba alejando poco a poco. Como el elefante no pudo tocar la luna, llamó a la jirafa:
― Si te subes a mi espalda, a lo mejor la alcanzamos.
Pero al ver a la jirafa, la luna se distanció un poco más. La jirafa estiró y estiró el cuello cuanto pudo,
pero no sirvió de nada. Y llamó a la cebra:
― Si te subes a mi espalda, podremos acercarnos más.
La luna empezaba a divertirse con aquel juego, y se alejó otro poquito. La cebra se esforzó mucho, mucho, pero tampoco pudo tocar la luna. Y llamó al león:
― Si te subes a mi espalda, quizá podamos alcanzarla.
Pero cuando la luna vio al león, volvió a subir algo más. Tampoco esta vez lograron tocar la luna, y llamaron al zorro:
― Verás cómo lo conseguimos si te subes a mi espalda ― dijo el león.
Al avistar al zorro, la luna se alejó de nuevo. Ya solo faltaba un poquito de nada para tocar la luna,
pero seguían sin poder alcanzarla. Y el zorro llamó al mono.
― Seguro que esta vez lo logramos, ¡anda, súbete a mi espalda!
La luna vio al mono y retrocedió. El mono ya podía oler la luna, pero de tocarla, ¡ni hablar! Y llamó al ratón:
― Súbete a mi espalda y tocaremos la luna.
La luna vio al ratón y pensó: "Seguro que un animal tan pequeño no podrá cogerme." Y como empezaba a aburrirse con aquel juego, se quedó justo donde estaba. Entonces, el ratón subió por encima de la tortuga, del elefante, de la jirafa, de la cebra, del león, del zorro, del mono y… de un mordisco, arrancó un trozo pequeño de luna.

Lo saboreó complacido y después fue dando un pedacito al mono, al zorro, al león, a la cebra, a la jirafa, al elefante y a la tortuga. Y la luna les supo exactamente a aquello que más le gustaba a cada uno. 

Aquella noche, los animales durmieron muy muy juntos. Y el pez, que lo había visto todo y no entendía nada, dijo:
― ¡Vaya, vaya! Tanto esfuerzo para llegar a esa luna que está en el cielo, ¿acaso no verán que aquí, en el agua, hay otra más cerca?

ESPECIAL HALLOWEEN: LAS BRUJAS (IX), de Roald Dahl

18. EL TRIUNFO

El señor Jenkins apenas había avanzado unos pasos en dirección a la mesa de La Gran Bruja, cuando un penetrante alarido se alzó por encima de todos los demás ruidos del comedor y, al mismo tiempo, ¡vi que La Gran Bruja saltaba por los aires! Ahora estaba de pie sobre su silla, chillando... Ahora, encima de la mesa, agitando los brazos...
—¿Qué está pasando, abuela?
—¡Espera! —dijo la abuela—. Calla y observa.
De pronto, todas las demás brujas, más de ochenta, empezaron a gritar y a saltar de sus asientos como si les hubieran clavado un pincho en el trasero. Unas se subieron a las sillas, otras a las mesas, y todas se retorcían y movían los brazos de un modo rarísimo. Luego, de repente, se quedaron calladas. Después se pusieron rígidas. Todas y cada una de las brujas se quedaron tan tiesas y silenciosas como un cadáver. Todo el comedor permaneció mortalmente quieto.
—¡Se están encogiendo, abuela! —dije—. ¡Se están encogiendo como me pasó a mí!
—Lo sé —dijo mi abuela.
—¡Es el Ratonizador! —grité—. ¡Mira! ¡A algunas les está saliendo pelo en la cara! ¿Por qué les hace efecto tan rápido, abuela?
—Te lo diré —dijo mi abuela—. Porque todas ellas han tomado grandes sobredosis, lo mismo que tú. ¡Eso ha destrozado el mecanismo del despertador!

Todo el mundo se había levantado para ver mejor la escena. Algunas personas se acercaban. Estaba empezando a formarse un gentío en torno a las dos mesas largas. Mi abuela nos levantó a Bruno y a mí para que no nos perdiéramos nada del espectáculo. Estaba tan excitada que se subió a su silla, para poder ver por encima de las cabezas de la gente. En unos segundos más, todas las brujas habían desaparecido por completo y las dos mesas largas eran un hervidero de ratoncitos pardos.

© Unknown
Por todo el comedor las mujeres chillaban y hombres serios y fuertes se ponían blancos y gritaban «¡Esto es una locura! ¡Esto no puede suceder! ¡Vámonos de aquí en seguida!». Los camareros atacaban a los ratones con las sillas, las botellas de vino o lo que encontraran a mano. Vi a un cocinero con un gorro alto blanco salir corriendo de la cocina blandiendo una sartén, y a otro detrás de él, agitando un cuchillo de trinchar por encima de su cabeza. Todo el mundo gritaba «¡Ratones! ¡Ratones! ¡Ratones! ¡Tenemos que librarnos de los ratones!». 

Sólo los niños que había allí se lo estaban pasando realmente bien. Todos ellos parecían comprender instintivamente que lo que estaba ocurriendo allí, delante de ellos, era algo bueno, y aplaudían y daban vivas y se reían como locos.

—Es hora de irnos —dijo mi abuela—. Nuestra tarea ha terminado.
Se bajó de la silla, cogió su bolso y se lo colgó del brazo. Me llevaba a mí en la mano derecha y a Bruno en la izquierda.
—Bruno —dijo—, ha llegado el momento de devolverte al famoso seno de tu familia.
—A mi mamá no le entusiasman los ratones —dijo Bruno.
—Ya lo he notado —dijo mi abuela—. Pero seguro que se acostumbrará a ti, ¿verdad?

No fue difícil encontrar al señor y la señora Jenkins. La aguda voz de la señora se oía por todo el comedor.
—¡Herbert! —chillaba—. ¡Herbert! ¡Sácame de aquí! ¡Hay ratones por todas partes! ¡Se me van a subir por las piernas!
Había puesto los brazos alrededor del cuello de su marido y, desde donde yo estaba, parecía que estaba colgada de él. Mi abuela se aproximó a ellos y puso a Bruno en la mano del señor Jenkins por la fuerza.
—Aquí tiene a su niño —dijo—. Debe ponerle a régimen.
—Hola, papi —dijo Bruno—. Hola, mami.
La señora Jenkins berreó todavía más fuerte. 

ESPECIAL HALLOWEEN: LAS BRUJAS (VIII), de Roald Dahl

16. EN LA COCINA

—¡Ya es la hora! —dijo mi abuela—. ¡Ha llegado el gran momento! ¿Estás listo, cariño?
Eran exactamente las siete y media. Bruno estaba en el frutero, terminando su quinto plátano.
© Unknown
—Espere —dijo—. Sólo unos mordiscos más.
—¡No! —dijo mi abuela—. ¡Tenemos que irnos!
Le cogió y lo apretó en su mano. Estaba muy tensa y nerviosa. Yo nunca la había visto así antes.

—Ahora voy a poneros a los dos en mi bolso —dijo—, pero dejaré el broche abierto.
Metió a Bruno primero. Yo esperé, apretando el frasquito contra mi pecho.
—Ahora tú —me cogió y me dio un besito en la nariz—. Buena suerte, cielo. Ah, a propósito, te das cuenta de que tienes cola, ¿no?
—Tengo ¿qué? —dije.
—Cola. Una cola larga y rizada.
—La verdad es que no se me había ocurrido —dije—. ¡Caramba! ¡Pues es verdad! ¡Ahora la veo! ¡Y puedo moverla! Es bonita, ¿verdad?
—Lo he mencionado porque podría serte útil cuando estés trepando por la cocina —dijo mi abuela—. Puedes enroscarla en algo y balancearte y descender colgando de ella.
—Ojalá lo hubiera sabido antes —dije—. Hubiera practicado para saber usarla.
—Ya no hay tiempo —dijo mi abuela—. Tenemos que irnos.

Me metió en el bolso con Bruno y en seguida tomé mi sitio habitual en el bolsillito interior, para poder asomar la cabeza y ver lo que pasaba. Mi abuela cogió su bastón, salió al pasillo y fue al ascensor. Apretó el botón, subió el ascensor y entró. No había nadie más.
—Escucha —dijo—. No podré hablarte apenas cuando estemos en el comedor. Si lo hago la gente pensará que estoy majareta y hablo sola.
El ascensor llegó a la planta baja y se detuvo bruscamente. Mi abuela salió, cruzó el vestíbulo del hotel y entró en el comedor. Era una sala inmensa con adornos dorados en el techo y grandes espejos en las paredes. Los huéspedes fijos tenían mesas reservadas y la mayoría estaban ya sentados empezando a cenar. Los camareros bullían por el local, llevando platos y fuentes. Nuestra mesa era pequeña y estaba situada a la derecha, junto a la pared, hacia el centro. Mi abuela se dirigió a ella y se sentó.

Atisbando por encima del cierre del bolso, vi en el centro del comedor dos mesas largas que aún estaban vacías. En cada una de ellas había un cartelito sobre una especie de barrita de plata. El cartelito decía: RESERVADO PARA LOS MIEMBROS DE LA RSPCN.
Mi abuela miró hacia las mesas largas, pero no dijo nada. Desplegó su servilleta y la extendió sobre el bolso encima de su regazo. Su mano se deslizó por debajo de la servilleta y me cogió tiernamente. Tapado con la servilleta, me acercó a su cara y susurró:
—Voy a ponerte en el suelo debajo de la mesa. El mantel llega casi hasta el suelo, así que nadie te verá. ¿Tienes bien agarrado el frasco?
—Sí —murmuré—. Estoy listo, abuela.

Justo entonces, un camarero vestido de negro se acercó a nuestra mesa. Yo veía sus piernas por debajo de la servilleta y, tan pronto oí su voz, le reconocí. Se llamaba William.
—Buenas noches, señora —le dijo a mi abuela—. ¿Dónde está el caballerito esta noche?
—No se encontraba muy bien —dijo ella—. Se ha quedado en su cuarto.
—Lo siento —dijo William—. Hoy tenemos puré de guisantes de primero y, de .segundo, puede elegir entre filete de lenguado a la plancha o cordero asado.
—Para mí, puré de guisantes y cordero asado —dijo mi abuela—. Pero sin prisas, William. Esta noche no tengo prisa. Tráigame una copa de jerez seco antes de la cena.
—Desde luego, señora —dijo William, y se alejó.

Mi abuela fingió que se le había caído algo y, al agacharse, me dejó en el suelo bajo la mesa.
—¡Ve, cariño, ve! —murmuró, y luego se enderezó.

ESPECIAL HALLOWEEN: LAS BRUJAS (VII), de Roald Dahl

13. EL RATÓN LADRÓN

Mi abuela regresó apresuradamente a mi cuarto y me sacó al balcón.
—¿Estás listo? —me preguntó—. Te voy a meter en el calcetín.
—No sé si podré conseguirlo —dije—. Ahora soy sólo un ratoncito.
—Lo conseguirás —dijo ella—. Buena suerte, mi vida.
©Laura Hughes
Me metió en el calcetín y empezó a descolgarme por fuera de la barandilla. Yo me acurruqué dentro del calcetín y contuve el aliento. A través del tejido de punto, veía claramente todo el panorama. Allá abajo, lejísimos, los niños que jugaban en la playa eran del tamaño de un escarabajo. El calcetín comenzó a balancearse a causa de la brisa. Miré hacia arriba y vi la cabeza de mi abuela asomando por encima de la barandilla.

—¡Ya casi estás allí! —gritó—. ¡Ya llegamos! ¡Despacio, suave! ¡Ya estás abajo!
Noté un ligero golpe contra el suelo.
—¡Entra! —gritó mi abuela—. ¡De prisa, de prisa, de prisa! ¡Registra la habitación!

Salté fuera del calcetín y entré corriendo en el cuarto de La Gran Bruja. Había el mismo olor rancio que yo había percibido en el Salón de Baile. Era el hedor de las brujas. Me recordaba al olor de los lavabos públicos de caballeros en las estaciones de ferrocarril.

Por lo que yo pude ver, la habitación estaba bastante ordenada. Por ninguna parte había el menor signo de que estuviese ocupada por alguien que no fuera una persona normal. Pero, claro, no podía haberlo. Ninguna bruja hubiera sido tan tonta como para dejar cualquier cosa sospechosa tirada por ahí, para que la viera una camarera del hotel. De pronto vi a una rana que daba saltos sobre la alfombra y luego desaparecía debajo de la cama. Yo también salté.

—¡Date prisa! —me llegó la voz de la abuela desde fuera—. ¡Coge el mejunje y sal de ahí!

Me puse a brincar por la habitación, tratando de registrarla, pero no era tan fácil. No podía abrir ningún cajón, por ejemplo. Tampoco podía abrir las puertas del gran armario. Dejé de brincar, me senté en el suelo y me puse a pensar. Si La Gran Bruja quería ocultar algo sumamente secreto, ¿dónde lo pondría? Seguro que no en un cajón corriente. Ni en el armario tampoco. Era demasiado evidente. Me subí a la cama de un salto, para ver bien toda la habitación. Eh, pensé, ¿por qué no debajo del colchón? Con mucho cuidado, me descolgué por el borde de la cama y me deslicé por debajo del colchón. Tuve que empujar fuerte para avanzar algo, pero seguí insistiendo. No veía nada. Estaba arrastrándome por debajo del colchón cuando, de pronto, mi cabeza chocó contra algo duro que había dentro del colchón. Lo palpé con la pata. ¿Podría ser un frasquito? Era un frasquito! Notaba su forma a través de la tela del colchón. Y, justo al lado, toqué otro bulto duro, y otro, y otro. La Gran Bruja debía de haber descosido la tela, colocado los frascos dentro, y luego haber vuelto a coserla. Empecé a roer furiosamente la tela del colchón sobre mi cabeza. Mis incisivos eran extraordinariamente afilados y no tardé mucho en hacer un pequeño agujero. Me metí dentro y agarré el frasco por el cuello. Lo empujé para que saliera por el agujero y luego salí yo.

Andando hacia atrás y arrastrando el frasco, conseguí llegar al borde del colchón. Hice rodar el frasco y lo dejé caer sobre la alfombra. Rebotó pero no se rompió. Salté de la cama. Examiné el frasquito. Era idéntico al que tenía La Gran Bruja en el Salón de Baile. Este tenía una etiqueta. FORMULA 86, ponía. RATONIZADOR DE ACCION RETARDADA. Debajo ponía: Este frasco contiene quinientas dosis. ¡Eureka! Me sentí muy satisfecho de mí mismo.

Tres ranas salieron de debajo de la cama dando saltitos. Se sentaron en la alfombra, mirándome con sus grandes ojos negros. Yo también las miré. Aquellos enormes ojos eran lo más triste que yo había visto. De pronto se me ocurrió que, casi con certeza, aquellas ranas habían sido niños en otro tiempo, antes de que La Gran Bruja se apoderara de ellos. Me quedé allí parado, agarrando el frasco y mirando a las ranas.
—¿Quiénes sois? —les pregunté.
En ese momento exacto, oí una llave en la cerradura, la puerta se abrió violentamente y entró La Gran Bruja. Las ranas se metieron debajo de la cama otra vez de un rápido salto. Yo las seguí como una flecha, sin soltar el frasquito, y corrí hacia la pared y me oculté detrás de una pata de la cama. Oí pasos sobre la alfombra. Asomé la cabeza y vi que las ranas estaban apiñadas debajo del centro de la cama. Las ranas no pueden esconderse como los ratones. Ni correr como los ratones. Lo único que saben hacer, las pobres, es saltar torpemente.

De repente, la cara de La Gran Bruja entró en mi campo de visión, mirando debajo de la cama. Rápidamente, metí la cabeza detrás de la pata de la cama.

ESPECIAL HALLOWEEN: TUTORIAL DIY: MONSTRUOS DE FRUTA

Os traigo un tutorial para que este Halloween triunféis en todas las meriendas y fiestas de peques, con un resultado ¡para comérselo! Fruta y diversión a partes iguales.

¡Espero que os guste!





ESPECIAL HALLOWEEN: LAS BRUJAS (VI), de Roald Dahl

11. METAMORFOSIS

Recuerdo que pensé: "¡Ya no tengo escapatoria! Aunque echase a correr y consiguiese esquivarlas a todas, ¡no podría salir porque las puertas tienen cadena y cerrojo! ¡Estoy acabado! ¡Estoy hundido! Oh, abuela, ¿qué van a hacer conmigo?".
© Unknown
Miré a mi alrededor y vi la espantosa cara, empolvada y pintada, de una bruja, que me estaba mirando, y la cara abrió la boca y chilló, triunfante.
—¡Está aquí! ¡Está detrás del biombo! ¡Venid a cogerle!
La bruja extendió una mano enguantada y me agarró por el pelo, pero yo me solté y me aparté de un salto. Corrí, ¡cómo corrí! ¡El terror ponía alas en mis pies! Volé siguiendo la pared del Salón de Baile y ninguna de ellas tuvo la posibilidad de atraparme. Cuando llegué a las puertas, me paré y traté de abrirlas, pero la gruesa cadena sujetaba los picaportes y ni siquiera pude sacudirla.

Las brujas no se molestaron en perseguirme. Se limitaron a quedarse en grupitos, observándome y sabiendo con certeza que yo no tenía medio de escapar. Varias de ellas se taparon la nariz con sus dedos enguantados y hubo gritos de «¡Puuff! ¡Qué peste! ¡No podemos aguantarlo mucho rato!».

—¡Pues coguedle, idiotas! —chilló La Gran Bruja desde la tarima—. ¡Desplegarros en fila a lo ancho de la sala, avansad y aprresadlo! ¡Acorralar a ese asquerroso crrío y agarrradlo y trraédmelo aquí!
Las brujas se desplegaron como ella les había dicho. Avanzaron hacia mí, unas por un lado, otras por el otro, y algunas más por el centro, entre las filas de sillas vacías. Era inevitable que me cogieran. Me tenían acorralado. De puro terror me puse a chillar.
—¡Socorro! —chillé, volviendo la cabeza hacia las puertas en la esperanza de que alguien me oyera—. ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socoorroo!
—¡Coguedle! ¡Agarrradle! ¡Que parre de grritarr!
Entonces se me echaron encima y cinco de ellas me agarraron por los brazos y las piernas y me alzaron del suelo. Yo continué gritando, pero una me tapó la boca con una mano enguantada y me hizo callar.

—¡Trrraedle aquí! —gritó La Gran Bruja—. ¡Trrraedme a ese gusano entrrometido!
Me llevaron en volandas, de cara al techo, sostenido por muchas manos que aferraban mis brazos y piernas. Vi a La Gran Bruja alzándose por encima, sonriendo de la manera más horrible. Levantó el frasco azul de Ratonizador y dijo:
—¡Ahorra la medicina! ¡Tapadle la narris parra que abrra la boca!
Unos fuertes dedos me apretaron la nariz. Mantuve la boca bien cerrada y contuve el aliento. Pero no pude resistir durante mucho tiempo. Me estallaba el pecho. Abrí la boca para aspirar una gran bocanada de aire y al hacerlo... ¡La Gran Bruja me echó por la garganta todo el contenido del frasquito!

¡Qué dolor y qué ardor! Era como si me hubieran vertido en la boca una olla de agua hirviendo. ¡Sentía un incendio en la garganta! ¡Luego, muy rápidamente, la sensación quemante, abrasadora, se extendió por mi pecho y bajó al estómago y siguió por los brazos y las piernas y por todo mi cuerpo! Grité y grité, pero una vez más la mano enguantada me tapó la boca. Después sentí que mi piel empezaba a apretarme. ¿Cómo podría describirlo? Era literalmente como si la piel de todo mi cuerpo, desde la coronilla hasta las puntas de los dedos de las manos y de los pies, ¡se contrajera y se encogiese! Yo me sentía como si fuese un globo y alguien estuviese retorciendo el extremo del globo, retorciéndolo y retorciéndolo, y el globo se hacía cada vez más pequeño y la piel se ponía cada vez más tirante y pronto iba a estallar.

Entonces empezó el estrujamiento. Esta vez era como si estuviese dentro de una armadura y alguien estuviera dando vueltas a una tuerca, y con cada vuelta de tuerca, la armadura se hacía más y más pequeña, y me estrujaba como a una naranja, convirtiéndome en una pulpa deshecha y haciendo que el jugo se me saliera por los costados.
Después vino una sensación de picor rabioso por toda la piel (o lo que quedaba de ella), como si miles de agujitas se abrieran paso a través de la superficie de mi piel desde dentro, y esto era, ahora me doy cuenta, que me estaba creciendo el pelo de ratón.

ESPECIAL HALLOWEEN: LAS BRUJAS (V), de Roald Dahl

Nueva entrega de nuestro librito de cabecera esta semana previa de Halloween: Las Brujas, de Roald Dahl. Puedes encontrar las entradas anteriores aquí: 1, 2, 3 y 4.

¡Feliz domingo!


9. LA RECETA

Espero que no hayáis olvidado que, mientras sucedía todo esto, yo seguía escondido detrás del biombo, a gatas y con un ojo pegado a la rendija. No sé cuánto tiempo llevaba allí, pero me parecía que eran siglos. Lo peor era no poder toser ni hacer el menor ruido, y saber que, si lo hacía, podía darme por muerto. Y durante todo el rato, estaba en permanente terror de que una de las brujas de la última fila percibiera mi presencia por el olor, gracias a esos agujeros de la nariz tan especiales que tenían.

Mi única esperanza, según yo lo veía, era el hecho de no haberme lavado desde hacía varios días. Eso y la interminable excitación, aplausos y griterío que reinaba en la sala. Las brujas sólo pensaban en La Gran Bruja y en su gran plan para eliminar a todos los niños de Inglaterra. Ciertamente, no estaban olfateando el rastro de un niño en aquel salón. Ni en sueños (si es que las brujas sueñan) se les hubiera ocurrido esa posibilidad a ninguna de ellas. Me quedé quieto y recé.

© Unknown
La Gran Bruja había terminado su perversa canción y el público estaba aplaudiendo enloquecido y gritando:
—¡Magnífica! —¡Maravillosa!
—¡Sois un genio, oh, Talentuda! ¡Extraordinario, este Ratonizador de Acción Retardada! ¡Es un éxito! —¡Y lo más hermoso es que serán los profesores quienes se carguen a los apestosos críos! ¡No seremos nosotras! ¡Nunca nos cogerán!
—¡A las brugas nunca las coguen! —dijo La Gran Bruja, cortante—. ¡Atención ahorra! Quierro que todo el mundo prreste atención, ¡porrque estoy a punto de decirros lo que tenéis que hacerr parra prreparrarr la Fórrmula 86 Rratonisadorr de Acción Rretarrdada!

De pronto, se oyó una exclamación, seguida de un alboroto de chillidos y gritos, y vi a muchas de las brujas levantarse de un brinco y señalar a la tarima, gritando:
—¡Ratones! ¡Ratones! ¡Ratones! ¡Lo ha hecho como demostración! ¡La Talentuda ha convertido a dos niños en ratones y ahí están!
Miré hacia la tarima. Allí estaban los ratones, efectivamente. Eran dos y estaban correteando cerca de las faldas de La Gran Bruja. Pero no eran ratones de campo, ni ratones de casa. ¡Eran ratones blancosl Los reconocí inmediatamente. ¡Eran mis pobrecitos Guiller y Mary!
—¡Ratones! —gritaron las brujas—. ¡Nuestra jefa ha hecho aparecer ratones de la nada! ¡Traed ratoneras! ¡Traed queso!

Vi a La Gran Bruja mirando fijamente al suelo y observando, con evidente desconcierto, a Guiller y Mary. Se agachó para verlos más de cerca. Luego se enderezó y gritó:
—¡Silencio!
El público se calló y volvió a sentarse.
—¡Estos rratones no tienen nada que verr conmigo! —dijo—. ¡Estos rrratones son rrratones domesticados! ¡Es evidente que estos rrratones perrtenecen a algún rrrepelente crrío del hotel! ¡Serrá un chico con toda seguridad, porrque las niñas no tienen rrratones domesticados!
—¡Un chico! —gritaron las otras—. ¡Un chico asqueroso y maloliente! ¡Le destrozaremos! ¡Le haremos pedazos! ¡Nos comeremos sus tripas de desayuno!
—¡Silencio! —gritó La Gran Bruja, levantando las manos—. ¡Sabéis perrfectamente que no debéis hacerr nada que llame la atención sobrre vosotrras mientrras estéis viviendo en el hotel! Deshagámonos de ese apestoso enano, perro con mucho cuidado y discrreción, porrque, ¿acaso no somos todas rrrespetabilíísimas damas de la Real Sociedad para la Prrevención de la Crrueldad con los Niños?
—¿Qué proponéis, oh Talentuda? —gritaron las demás—. ¿Cómo debemos eliminar a ese pequeño montón de mierda?

Están hablando de mí, pensé. Estas mujeres están hablando de cómo matarme. Empecé a sudar.

—Sea quien sea, no tiene imporrtancia —anunció La Gran Bruja—. Degádmelo a mí. Yo le encontrrarré porr el olorr y le convertirré en una trrucha y harré que me lo sirrvan para cenarr.
—¡Bravo! —exclamaron las brujas—. ¡Córtale la cabeza y la cola y fríelo en aceite bien caliente!

Podéis imaginar que nada de esto me hizo sentirme muy tranquilo. Guiller y Mary seguían correteando por la tarima y vi a La Gran Bruja apuntar una veloz patada a Guiller. Le dio justo con la punta del pie y lo envió volando por los aires. Luego hizo lo mismo con Mary. Tenía una puntería extraordinaria. Hubiera sido un gran futbolista. Los dos ratones se estrellaron contra la pared, y durante unos momentos se quedaron atontados. Luego reaccionaron y huyeron. 

ESPECIAL HALLOWEEN: TUTORIAL DIY: SOMBRERO DE BRUJA




ESPECIAL HALLOWEEN: LAS BRUJAS (IV), de Roald Dahl

7. ACHICHARRADA

Ahora todas las mujeres, o mejor dicho, las brujas, estaban inmóviles en sus sillas, mirando fijamente, como hipnotizadas, a alguien que había aparecido de pronto en la tarima. Era otra mujer.

©Unknown
Lo primero que noté en ella era su tamaño. Era diminuta, probablemente no mediría más de un metro treinta centímetros. Parecía bastante joven, supuse que tendría unos veinticinco o veintiséis años, y era muy guapa. Llevaba un vestido negro muy elegante con falda larga hasta el suelo y guantes negros que le llegaban hasta los codos. A diferencia de las otras, no llevaba sombrero.
A mí no me parecía que tuviera aspecto de bruja en absoluto, pero era imposible que no lo fuera, porque, de lo contrario, ¿qué demonios estaba haciendo subida en
la tarima? ¿Y por qué estaban todas las demás brujas contemplándola con tal mezcla de adoración y temor?

Muy despacio, la joven de la tarima levantó las manos hacia su cara. Vi que sus dedos enguantados desenganchaban algo detrás de las orejas y luego... ¡luego se pellizcó las mejillas y se quitó la cara de golpe! ¡Aquella bonita cara se quedó entera en sus manos! ¡Era una máscara!

Al quitarse la máscara, se volvió hacia un lado y la colocó cuidadosamente en una mesita que tenía cerca, y cuando volvió a ponerse de frente a la sala, me faltó poco para dar un chillido.

Su cara era la cosa más horrible y aterradora que he visto nunca. Sólo mirarla me producía temblores. Estaba tan arrugada, tan encogida y tan marchita que parecía que la hubieran conservado en vinagre. Era una visión estremecedora y espeluznante. Había algo pavoroso en aquella cara, algo putrefacto y repulsivo. Literalmente, parecía que se estaba pudriendo por los bordes, y en el centro, en las mejillas y alrededor de la boca, vi la piel ulcerada y corroída, como si se la estuvieran comiendo los gusanos.

Hay veces en las que algo es tan espantoso que te fascina y no puedes apartar la vista de ello. Eso me pasó a mí en ese momento. Me quedé traspuesto, alelado. Estaba hipnotizado por el absoluto horror de las facciones de aquella mujer. Pero no era eso sólo. Había una mirada de serpiente en sus ojos, que relampagueaban mientras recorrían la sala.

En seguida comprendí, naturalmente, que esta no era otra que La Gran Bruja en persona. También comprendí por qué llevaba una máscara. Jamás hubiera podido aparecer en público, y mucho menos hospedarse en un hotel, con su verdadera cara. Todo el que la hubiese visto, habría salido corriendo, dando alaridos.
—¡Las puerrtas! —gritó La Gran Bruja, con una voz que llenó la sala y retumbó en las paredes—. ¿Habéis echado el cerrojo o la cadena?
—Hemos echado el cerrojo y la cadena, Vuestra Grandeza —contestó una voz en la sala.
Los relucientes ojos de serpiente, hundidos en aquella espantosa cara corrompida, fulminaban, sin pestañear, a las brujas que estaban sentadas frente a ella.
—¡Podéis quitarros los guantes! —gritó.

Noté que su voz tenía el mismo tono duro y metálico que la de la bruja a la que vi debajo del castaño, sólo que era mucho más fuerte y mucho, mucho más áspera. Raspaba. Chirriaba. Chillaba. Gruñía. Refunfuñaba.

Todo el mundo en la sala empezó a sacarse los guantes. Yo me fijé en las manos de las que estaban en la última fila. Quería ver cómo eran sus dedos y si mi abuela tenía razón. ¡Ah!... ¡Sí!... ¡Ahora veía varias manos! ¡Veía las garras oscuras curvándose sobre las yemas de los dedos! ¡Aquellas garras medirían unos cinco centímetros y eran afiladas en la punta!

—¡Podéis quitarros los sapatos! —ladró La Gran Bruja.

Oí un suspiro de alivio proveniente de todas las brujas de la sala, cuando se quitaron sus estrechos zapatos de tacón alto, y entonces eché una ojeada por debajo de las sillas y vi varios pares de pies con medias... completamente cuadrados y carentes de dedos. Eran repugnantes, como si les hubieran rebanado los dedos con un cuchillo de cocina.

ESPECIAL HALLOWEEN: LAS BRUJAS (III), de Roald Dahl

Seguimos con nuestro libro de cabecera para celebrar Halloween: Las Brujas, de Roald Dahl (más capítulos aquí y aquí).

¡Ésto se anima!


5. VACACIONES DE VERANO

Llegaron las vacaciones de Semana Santa y pasaron, y comenzó al último trimestre del colegio. Mi abuela y yo habíamos planeado pasar las vacaciones en Noruega y casi no hablábamos de otra cosa por las noches. Ella había reservado un camarote para cada uno, en el barco que iba de Newcastle a Oslo, para la fecha más inmediata posible después de que yo acabara el colegio, y desde Oslo me iba a llevar a un sitio que ella conocía en la costa sur, cerca de Arendal, donde ella había pasado sus vacaciones de verano cuando era pequeña, hacía casi ochenta años.

©Iban Barrenetxea
—Mi hermano y yo estábamos todo el día en el bote de remos. Toda la costa está salpicada de diminutas islitas en las que no hay nadie. Las explorábamos y nos lanzábamos al mar desde las suaves rocas de granito, y a veces, cuando íbamos hacia allá, echábamos el ancla y pescábamos bacalao y merlán. Si cogíamos algo, hacíamos un fuego en la isla y freíamos el pescado en una sartén para comer. No hay pescado más rico en el mundo que el bacalao absolutamente fresco.

—¿Qué usabais como cebo, abuela, cuando ibais de pesca?
—Mejillones —dijo—. Todo el mundo usa mejillones como cebo en Noruega. Y si no pescábamos nada, hervíamos los mejillones en una olla y nos los comíamos.
—¿Estaban buenos?
—Deliciosos —dijo—. Los cocíamos en agua de mar y quedaban tiernos y salados.
—¿Qué más hacíais, abuela?
—Remábamos mar adentro y saludábamos con la mano a los pescadores de gambas que volvían a casa, y ellos nos daban un puñado de gambas a cada uno. Las gambas estaban aún tibias, recién cocidas, y nos sentábamos en el bote, pelándolas y devorándolas. La cabeza era lo más rico.
—¿La cabeza?
—Aprietas la cabeza entre los dientes y chupas lo de dentro. Está riquísimo. Tú y yo haremos todas esas cosas este verano, cielo —dijo.
—Abuela, no puedo esperar. Sencillamente, no puedo esperar más para ir allí.
—Ni yo —dijo ella.

Cuando sólo faltaban tres semanas para el final de curso, sucedió algo espantoso. Mi abuela cogió una pulmonía. Se puso muy enferma, y una enfermera diplomada vino a nuestra casa para cuidarla. El médico me explicó que la pulmonía, generalmente, no es una enfermedad grave hoy en día, pero cuando una persona tiene más de ochenta años, como mi abuela, entonces sí que es muy grave. Dijo que ni siquiera se atrevía a trasladarla a un hospital en ese estado, así que la dejaron en su habitación y yo paseaba por delante de la puerta, viendo cómo le entraban bombonas de oxígeno y otras cosas horribles.

—¿Puedo entrar a verla? —pregunté.
—No, guapo —dijo la enfermera—. Por ahora, no.
La señora Spring, una mujer gorda y alegre, que venía a limpiar todos los días, se instaló también en casa. La señora Spring se ocupaba de mí y me hacía las comidas. Me caía muy bien, pero no se podía comparar con mi abuela para contar historias.

Una noche, unos diez días después, el médico vino a decirme:
—Ya puedes entrar a verla, pero sólo un ratito. Ha preguntado por ti.
Subí las escaleras volando, entré en el cuarto de mi abuela como un ciclón y me arrojé en sus brazos.
—Eh, eh —dijo la enfermera—. Ten cuidado.
—¿Vas a estar bien ya, abuela? —pregunté.
—Ya ha pasado lo peor —dijo ella—. Pronto me levantaré.
—¿Sí? —le dije a la enfermera.
—Claro que sí —contestó, sonriendo—. Nos dijo que no tenía más remedio que ponerse buena porque tenía que ocuparse de ti.
Le di otro abrazo a la abuela.
—No me dejan fumar un puro —dijo ella—. Pero ya verás cuando se vayan.
—Es un pájaro duro de roer —dijo la enfermera—. Dentro de una semana estará levantada.

ESPECIAL HALLOWEEN: TUTORIAL DIY: GUIRNALDAS DE MIEDO


ESPECIAL HALLOWEEN: LAS BRUJAS (II), de Roald Dahl

Hoy os traigo la segunda entrega del libro "Las Brujas", de Roald Dahl (aquí la primera).

¿Os está gustando? ¿A que es un librito muy especial?


3. CÓMO RECONOCER A UNA BRUJA

La noche siguiente, después de bañarme, mi abuela me llevó otra vez al cuarto de estar para contarme otra historia.
—Esta noche —me dijo—- voy a contarte cómo reconocer a una bruja cuando la veas.
—¿Se puede estar siempre seguro de reconocerla? —pregunté.
—No —dijo—, no se puede. Ese es el problema. Pero puedes acertar muchas veces.

Dejaba caer la ceniza del puro sobre su falda y yo confié en que no empezara a arder antes de contarme cómo reconocer a una bruja.
©Marie Desbons

—En primer lugar —dijo—, una BRUJA DE VERDAD siempre llevará guantes cuando la veas.
—Seguramente no siempre —dije—. ¿También en verano, cuando hace calor?
—Hasta en verano —contestó—. No tiene más remedio. ¿Quieres saber por qué?
—¿Porqué?
—Porque no tiene uñas. En vez de uñas, tiene unas garras finas y curvas, como las de los gatos, y lleva los guantes para ocultarlas. Lo que pasa es que también muchas señoras respetables llevan guantes, sobre todo en invierno, así que eso no sirve de mucho.
—Mamá llevaba guantes.
—En casa, no —dijo la abuela—. Las brujas llevan guantes hasta en casa. Sólo se los quitan para acostarse.

—¿Cómo sabes todo eso, abuelita?
—No me interrumpas —dijo—. Entérate bien de todo. La segunda cosa que debes recordar es que las BRUJAS DE VERDAD son siempre calvas.
—¿Calvas?—dije.
—Calvas como un huevo duro —dijo la abuela.
Yo me quedé horrorizado. Había algo indecente en una mujer calva.
—¿Por qué son calvas, abuela?
—No me preguntes por qué —dijo ella, cortante—. Pero puedes creerme, en la cabeza de una bruja no crece ni un solo pelo.
—¡Qué horror!
—Asqueroso —dijo mi abuela.

ESPECIAL HALLOWEEN: LAS BRUJAS (I), de Roald Dahl

Como ya sabéis, falta muy poquito para que llegue Halloween, así que para celebrarlo y ponernos a tono, vamos a leer en los próximos días un cuento de Roald Dahl que se llama "Las Brujas", y que seguro que os va a gustar mucho.

Lo haremos por partes, para que se haga más llevadero. Después de nuestra lectura, el 31 de octubre sabremos cómo enfrentarnos ¡a todas las brujas que nos encontremos!

¿Estáis preparados? 


1. UNA NOTA SOBRE LAS BRUJAS

En los cuentos de hadas, las brujas llevan siempre unos sombreros negros ridículos y capas negras y van montadas en el palo de una escoba. Pero éste no es un cuento de hadas. Este trata de BRUJAS DE VERDAD. Lo más importante que debes aprender sobre las BRUJAS DE VERDAD es lo siguiente. Escucha con mucho cuidado. No olvides nunca lo que viene a continuación.

©Unknown
Las BRUJAS DE VERDAD visten ropa normal y tienen un aspecto muy parecido al de las mujeres normales. Viven en casas normales y hacen TRABAJOS NORMALES. Por eso son tan difíciles de atrapar.

Una BRUJA DE VERDAD odia a los niños con un odio candente e hirviente, más hirviente y candente que ningún odio que te puedas imaginar.

Una BRUJA DE VERDAD se pasa todo el tiempo tramando planes para deshacerse de los niños de su territorio. Su pasión es eliminarlos, uno por uno. Esa es la única cosa en la que piensa durante todo el día. Aunque esté trabajando de cajera en un supermercado, o escribiendo cartas a máquina para un hombre de negocios, o conduciendo un coche de lujo (y puede hacer cualquiera de estas cosas), su mente estará siempre tramando y maquinando, bullendo y rebullendo, silbando y zumbando, llena de sanguinarias ideas criminales. «¿A qué niño», se dice a sí misma durante todo el día, «a qué niño escogeré para mi próximo golpe?».

Una BRUJA DE VERDAD disfruta tanto eliminando a un niño como tú disfrutas comiéndote un plato de fresas con nata. Cuenta con eliminar a un niño por semana. Si no lo consigue, se pone de mal humor. Un niño por semana hacen cincuenta y dos al año. Espachúrralos, machácalos y hazlos desaparecer. Ese es el lema de todas las brujas.

Una BRUJA DE VERDAD elige cuidadosamente a su víctima. Entonces acecha al desgraciado niño como un cazador acecha a un pajarito en el bosque. Pisa suavemente. Se mueve despacio. Se acerca más y más. Luego, finalmente, cuando todo está listo... zass... ¡se lanza sobre su presa! Saltan chispas. Se alzan llamas. Hierve el aceite. Las ratas chillan. La piel se encoge. Y el niño desaparece.

Debes saber que una bruja no golpea a los niños en la cabeza, ni les clava un cuchillo, ni les pega un tiro con una pistola. La policía coge a la gente que hace esas cosas. A las brujas nunca las cogen. No olvides que las brujas tienen magia en los dedos y un poder diabólico en la sangre. Pueden hacer que las piedras salten como ranas y que lenguas de fuego pasen sobre la superficie del agua.

Estos poderes mágicos son terroríficos.

TUTORIAL DIY: La manzana de Blancanieves

En este primer tutorial DIY, os voy a enseñar a hacer una manzana con globos, es súper facil y queda muy chula. Y os servirá para hacer un poco de teatrillo contando el cuento de Blancanieves, lo que no está nada mal :)

Necesitamos:
1 globo rojo
1 globo verde


CUENTOS CLÁSICOS: BLANCANIEVES Y LOS 7 ENANITOS, de los Hermanos Grimm + DIY

Empezamos la semana con un cuento clásico y una novedad, que creo que os va a gustar mucho.

Y es que este fin de semana, pensando en maneras de hacer más divertido y variado el blog, me acordé de lo mucho que me gustaban las manualidades en el cole, y entonces se me ocurrió una idea: ¿por qué no unir las dos cosas? A los niños les encanta fabricar artefactos, y no siempre se nos ocurren cosas que hacer con ellos.

Así que desde hoy iréis encontrando manualidades fáciles que podréis hacer con los peques y que os servirán para contar mejor las historias.

Y ya sin más, inaugurando el nuevo formato, os presento el cuento de Blancanieves y los 7 enanitos, de los Hermanos Grimm.

¡Que os divirtáis!

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© Oollnoxlloo
Era un crudo día de invierno, y los copos de nieve caían del cielo como blancas plumas. La Reina cosía junto a una ventana, cuyo marco era de madera negra de ébano. Y como mientras cosía miraba caer los copos, con la aguja se pinchó un dedo y tres gotas de sangre fueron a caer sobre la nieve.


El rojo de la sangre destacaba bellamente sobre el fondo blanco, y ella pensó: «¡Ah, si pudiese tener una hija que fuese blanca como nieve, sonrosada como sangre y de cabello negro como el ébano de esta ventana!».

No mucho tiempo después, le nació una niña que era blanca como la nieve, sonrosada como la sangre y de cabello negro como la madera de ébano; y por eso le pusieron por nombre Blancanieves. Pero al nacer ella, murió la Reina.

Un año más tarde, el Rey volvió a casarse. La nueva Reina era muy bella, pero malvada y envidiosa, y no soportaba que nadie le ganase en hermosura. 

Tenía un espejo prodigioso, y cada vez que se miraba en él, le preguntaba:
- Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?
Y el espejo le contestaba invariablemente:
- Señora Reina, vos sois la más hermosa en todo el país. 
La Reina quedaba satisfecha, pues sabía que el espejo decía siempre la verdad.

Pasó el tiempo y Blancanieves fue creciendo, haciéndose más bella cada día. Cuando cumplió los siete años, era tan hermosa como la luz del día, y mucho más que la misma Reina.

Un día, al preguntarle la Reina al espejo: 
- Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?
El espejo respondió:
- Señora Reina, vos sois como una estrella, pero Blancanieves es mil veces más bella.  
La Reina palideció de envidia y, desde entonces, cada vez que veía a Blancanieves se le revolvía el corazón; tal era el odio que abrigaba contra ella.

Un día, llamó a un montero y le dijo:
- Llévate a la niña al bosque; no quiero tenerla más tiempo ante mis ojos. La matarás, y en prueba de haber cumplido mi orden, me traerás sus pulmones y su hígado. 
El cazador obedeció y se marchó al bosque con la muchacha. Pero cuando se disponía a clavar su cuchillo en el inocente corazón de la niña, ésta se echó a llorar:
- ¡Piedad, buen cazador, déjame vivir! -suplicaba-. Me quedaré en el bosque y jamás volveré a palacio. 
Y era tan hermosa que el cazador, apiadándose de ella, le dijo:
- ¡Márchate, pues, pobrecilla! 
Y pensó: «No tardarán las fieras en devorarte». Sin embargo, le pareció como si se le quitase una piedra del corazón al no tener que matarla. Buscó por allí un jabatillo, lo sacrificó, le sacó los pulmones y el hígado, y se los llevó a la Reina como prueba de haber cumplido su mandato.

La pobre niña se encontró sola y abandonada en el inmenso bosque. Se moría de miedo, y el menor movimiento de las hojas de los árboles le daba un sobresalto. No sabiendo qué hacer, echó a correr entre espinos y piedras puntiagudas, y los animales de la selva pasaban saltando por su lado. Siguió corriendo mientras la llevaron los pies y hasta que se ocultó el sol. Entonces vio una casita y entró en ella para descansar.