Haz de tus hijos pequeños lectores, con cuentos que despertarán su imaginación y su amor por la lectura.

ESPECIAL HALLOWEEN: LAS BRUJAS (III), de Roald Dahl

Seguimos con nuestro libro de cabecera para celebrar Halloween: Las Brujas, de Roald Dahl (más capítulos aquí y aquí).

¡Ésto se anima!


5. VACACIONES DE VERANO

Llegaron las vacaciones de Semana Santa y pasaron, y comenzó al último trimestre del colegio. Mi abuela y yo habíamos planeado pasar las vacaciones en Noruega y casi no hablábamos de otra cosa por las noches. Ella había reservado un camarote para cada uno, en el barco que iba de Newcastle a Oslo, para la fecha más inmediata posible después de que yo acabara el colegio, y desde Oslo me iba a llevar a un sitio que ella conocía en la costa sur, cerca de Arendal, donde ella había pasado sus vacaciones de verano cuando era pequeña, hacía casi ochenta años.

©Iban Barrenetxea
—Mi hermano y yo estábamos todo el día en el bote de remos. Toda la costa está salpicada de diminutas islitas en las que no hay nadie. Las explorábamos y nos lanzábamos al mar desde las suaves rocas de granito, y a veces, cuando íbamos hacia allá, echábamos el ancla y pescábamos bacalao y merlán. Si cogíamos algo, hacíamos un fuego en la isla y freíamos el pescado en una sartén para comer. No hay pescado más rico en el mundo que el bacalao absolutamente fresco.

—¿Qué usabais como cebo, abuela, cuando ibais de pesca?
—Mejillones —dijo—. Todo el mundo usa mejillones como cebo en Noruega. Y si no pescábamos nada, hervíamos los mejillones en una olla y nos los comíamos.
—¿Estaban buenos?
—Deliciosos —dijo—. Los cocíamos en agua de mar y quedaban tiernos y salados.
—¿Qué más hacíais, abuela?
—Remábamos mar adentro y saludábamos con la mano a los pescadores de gambas que volvían a casa, y ellos nos daban un puñado de gambas a cada uno. Las gambas estaban aún tibias, recién cocidas, y nos sentábamos en el bote, pelándolas y devorándolas. La cabeza era lo más rico.
—¿La cabeza?
—Aprietas la cabeza entre los dientes y chupas lo de dentro. Está riquísimo. Tú y yo haremos todas esas cosas este verano, cielo —dijo.
—Abuela, no puedo esperar. Sencillamente, no puedo esperar más para ir allí.
—Ni yo —dijo ella.

Cuando sólo faltaban tres semanas para el final de curso, sucedió algo espantoso. Mi abuela cogió una pulmonía. Se puso muy enferma, y una enfermera diplomada vino a nuestra casa para cuidarla. El médico me explicó que la pulmonía, generalmente, no es una enfermedad grave hoy en día, pero cuando una persona tiene más de ochenta años, como mi abuela, entonces sí que es muy grave. Dijo que ni siquiera se atrevía a trasladarla a un hospital en ese estado, así que la dejaron en su habitación y yo paseaba por delante de la puerta, viendo cómo le entraban bombonas de oxígeno y otras cosas horribles.

—¿Puedo entrar a verla? —pregunté.
—No, guapo —dijo la enfermera—. Por ahora, no.
La señora Spring, una mujer gorda y alegre, que venía a limpiar todos los días, se instaló también en casa. La señora Spring se ocupaba de mí y me hacía las comidas. Me caía muy bien, pero no se podía comparar con mi abuela para contar historias.

Una noche, unos diez días después, el médico vino a decirme:
—Ya puedes entrar a verla, pero sólo un ratito. Ha preguntado por ti.
Subí las escaleras volando, entré en el cuarto de mi abuela como un ciclón y me arrojé en sus brazos.
—Eh, eh —dijo la enfermera—. Ten cuidado.
—¿Vas a estar bien ya, abuela? —pregunté.
—Ya ha pasado lo peor —dijo ella—. Pronto me levantaré.
—¿Sí? —le dije a la enfermera.
—Claro que sí —contestó, sonriendo—. Nos dijo que no tenía más remedio que ponerse buena porque tenía que ocuparse de ti.
Le di otro abrazo a la abuela.
—No me dejan fumar un puro —dijo ella—. Pero ya verás cuando se vayan.
—Es un pájaro duro de roer —dijo la enfermera—. Dentro de una semana estará levantada.

La enfermera tenía razón. Antes de una semana, mi abuela estaba moviéndose por la casa con su bastón de puño de oro, y metiéndose con los guisos de la señora Spring.
—Le agradezco muchísimo todo lo que nos ha ayudado, señora Spring —le dijo—, pero ya puede usted marcharse a su casa.
—No, señora, no puedo. El médico me dijo que me encargara de que usted descansara durante los próximos días.

El médico dijo algo más. Fue como si hubiera dejado caer una bomba sobre la abuela y sobre mí, cuando nos dijo que, bajo ningún concepto, debíamos correr el riesgo de viajar a Noruega ese verano.
—¡Bobadas! —gritó la abuela—. ¡Le he prometido que iríamos!
—Es demasiado lejos —dijo el médico—. Sería muy peligroso. Pero le diré lo que sí puede usted hacer. Puede llevarse a su nieto a un buen hotel de la costa sur de Inglaterra. El aire de mar es exactamente lo que usted necesita.
—¡Oh, no! —dije.
—¿Quieres que tu abuela se muera? —me preguntó el médico.
—¡Nunca! —dije.
—Entonces no la dejes hacer un viaje largo este verano. Todavía no está lo bastante fuerte para eso. Y no le permitas fumar esos asquerosos puros negros.

Al final, el médico se salió con la suya respecto a las vacaciones, pero no respecto a los puros. Reservamos habitaciones en un lugar llamado Hotel Magnífico, en Bournemouth, la famosa ciudad de verano. Bournemouth, me dijo mi abuela, estaba lleno de viejos como ella. Se iban allí a miles, cuando se retiraban, porque el aire era tan sano y vigorizante que, eso creían ellos, les mantenía vivos unos años más.
—¿Y es así? —pregunté.
—Claro que no —dijo ella—. Es una tontería. Pero, por una vez, creo que debemos obedecer al médico.

©Iban Barrenetxea
Poco después, la abuela y yo tomamos el tren a Bournemouth y nos instalamos en el hotel Magnífico. Era un enorme edificio blanco en primera línea de playa y me pareció un sitio aburridísimo para pasar el verano. Yo tenía mi propia habitación, pero había una puerta que comunicaba con la de mi abuela, así que podíamos visitarnos sin salir al pasillo.

Justo antes de irnos a Bournemouth, mi abuela me había regalado, como premio de consolación, dos ratones blancos en una cajita y, naturalmente, me los llevé al hotel. Eran divertidísimos, los ratones aquellos. Les llamé Guiller y Mary y me puse en seguida a enseñarles trucos. El primer truco que les enseñé fue a subir por dentro de la manga de mi chaqueta y salir por mi cuello. Luego les enseñé a trepar por mi cogote hasta lo alto de mi cabeza. Lo conseguía poniéndome migas en el pelo.

La primera mañana después de nuestra llegada al hotel, la camarera estaba haciendo mi cama cuando uno de mis ratones asomó la cabeza por entre las sábanas. La camarera lanzó un chillido que hizo venir corriendo a una docena de personas para ver a quién estaban matando. Informaron al director del hotel. Y, a continuación, hubo una desagradable escena entre el director, mi abuela y yo, en el despacho de éste. El director, cuyo nombre era señor Stringer, era un hombre con el pelo tieso y vestido con un frac negro.
—No puedo permitir ratones en mi hotel señora—le dijo a mi abuela.
—¿Cómo se atreve a decir eso cuando su asqueroso hotel está lleno de ratas? -gritó ella.
—¡Ratas! —chilló el señor Stringer, poniéndose morado—. ¡En este hotel no hay ratas!
—He visto una esta misma mañana —dijo mi abuela—. Iba corriendo por el pasillo y entró en la cocina.
—¡Eso no es verdad! —gritó el señor Stringer.
—Más vale que llame usted al desratizador en seguida —dijo ella—, antes de que yo informe a las autoridades de Sanidad. Sospecho que hay ratas correteando por toda la cocina y robando la comida de las estanterías y saltando en el puchero de la sopa.
—¡Nunca! —aulló el señor Stringer.
—No me extraña que esta mañana la tostada de mi desayuno estuviera roída por los bordes —continuó mi abuela, implacable—. No me extraña que tuviera un desagradable olor ratonil. Si no tiene usted cuidado, los de Sanidad van a ordenarle que cierre todo el hotel antes de que todo el mundo coja fiebres tifoideas.
—No hablará usted en serio, señora —dijo el señor Stringer.
—No he hablado más en serio en mi vida —dijo mi abuela—. ¿Va usted a permitir que mi nieto tenga sus ratoncitos blancos en su cuarto o no?
El director comprendió que estaba derrotado.
—¿Puedo proponer un compromiso, señora? —dijo—. Le permitiré tenerlos en su cuarto siempre que no los deje salir nunca de la caja. ¿De acuerdo?
—Eso nos parece muy bien —dijo mi abuela, se levantó y salió de la habitación mientras yo la seguía.

No hay manera de amaestrar a unos ratones dentro de una caja. Sin embargo, no me atrevía a dejarles salir, porque la camarera me espiaba continuamente. Tenía llave de mi puerta y no hacía más que entrar de repente a todas horas, tratando de pillarme con los ratones fuera de la caja. Me dijo que al primer ratón que no cumpliera las normas, el portero lo ahogaría en un cubo.
Decidí buscar un lugar más seguro donde pudiera continuar amaestrándolos. Debía de haber alguna habitación vacía en aquel enorme hotel. Me metí un ratón en cada bolsillo de los pantalones y bajé las escaleras en busca de un lugar secreto.

La planta baja del hotel era un laberinto de salones, todos con un nombre en letras doradas sobre la puerta. Pasé por «La Antesala», «El Salón de Fumadores», «El Salón de Juego», «El Salón de Lectura» y «La Sala». Ninguno de ellos estaba vacío. Seguí por un pasillo largo y ancho y al final me encontré con «El Salón de Baile». Tenía unas puertas dobles y delante de ellas había un gran cartel sobre un caballete. El cartel decía:

CONGRESO DE LA RSPCN
PROHIBIDA LA ENTRADA
ESTE SALÓN ESTA RESERVADO PARA EL CONGRESO ANUAL DE LA REAL SOCIEDAD PARA LA PREVENCIÓN DE LA CRUELDAD CON LOS NIÑOS

Las dobles puertas del salón estaban abiertas. Me asomé. Era un salón inmenso. Había filas y filas de sillas de cara a una tarima. Las sillas estaban pintadas en dorado y tenían pequeños cojines rojos en los asientos. Pero no había ni un alma a la vista.

Me colé cautelosamente en el salón. Era un lugar precioso, secreto y silencioso. El congreso de la Real Sociedad para la Prevención de la Crueldad con los Niños debía de haberse celebrado más temprano y ya todos se habían ido. Aunque no fuera así, aunque aparecieran todos de pronto, tenían que ser gente maravillosamente amable, que mirarían con aprecio a un joven domador de ratones dedicado a su trabajo.

En la parte de atrás del salón había un gran biombo plegable con dragones chinos pintados. Decidí, solamente para estar seguro, ponerme detrás del biombo y hacer allí el entrenamiento. La gente de la Prevención de la Crueldad con los Niños no me daba ni pizca de miedo, pero había una posibilidad de que al señor Stringer, el director, se le ocurriera asomar la cabeza por allí. Si lo hacía y veía a los ratones, los pobrecitos acabarían en el cubo del portero antes de que yo hubiera podido gritar no.
Me dirigí de puntillas al fondo del salón y me instalé sobre la gruesa alfombra verde, detrás del biombo. ¡Qué sitio tan sensacional! ¡Ideal para amaestrar ratones! Saqué a Guiller y a Mary de mis bolsillos. Se sentaron a mi lado en la alfombra, tranquilos y correctos.

El truco que iba a enseñarles hoy era el de andar en la cuerda floja. No es tan difícil enseñar a un ratón inteligente a andar sobre la cuerda floja como un experto, siempre y cuando sepas exactamente cómo hay que hacerlo. Primero, hay que tener un trozo de cuerda. Yo lo tenía. Luego, hay que tener un poco de bizcocho bueno. La comida favorita de los ratones blancos es un buen bizcocho con pasas. Se vuelven locos por él. Yo había traído un bizcocho que me había guardado en el bolsillo el día anterior, cuando estaba merendando con mi abuela.

Así es como se hace. Sostienes la cuerda tirante entre las dos manos, pero empiezas poniéndola muy corta, sólo de unos siete centímetros. Te pones al ratón en la mano derecha y un pedacito de bizcocho en la mano izquierda. Por lo tanto, el ratón está solamente a siete centímetros del bizcocho. Puede verlo y oler lo. Sus bigotes se estremecen por la excitación. Casi puede alcanzar el bizcocho inclinándose hacia delante, pero no llega del todo. Únicamente tiene que dar dos pasitos para alcanzar su sabroso manjar. Se aventura hacia delante, una patita en la cuerda, después la otra. Si el ratón tiene un buen sentido del equilibrio, y la mayoría lo tienen, cruzará fácilmente. Empecé con Guiller. Caminó por la cuerda sin un instante de vacilación.

Le dejé dar un mordisquito del bizcocho para estimular su apetito. Luego le volví a poner en mi mano derecha. Esta vez alargué la cuerda. La puse de unos catorce centímetros. Guiller supo lo que tenía que hacer. Con un excelente equilibrio, recorrió la cuerda paso a paso hasta que llegó al bizcocho. Le recompensé con otro mordisquito.

Muy pronto, Guiller caminaba por una cuerda floja (o mejor dicho, un cordel flojo) de sesenta centímetros de largo, de una mano a la otra, para alcanzar su bizcocho. Era fantástico observarle. El estaba disfrutando una barbaridad. Yo tenía cuidado de sostener la cuerda cerca de la alfombra para que, si perdía el equilibrio, no se hiciera daño al caer. Pero nunca se cayó. Evidentemente, Guiller era un acróbata natural, un gran ratón acrobático.

Ahora le tocaba a Mary. Dejé a Guiller en la alfombra, a mi lado, y le premié con unas cuantas migas más y una pasa. Luego empecé a seguir el mismo procedimiento con Mary. Mi ciega ambición, ¿sabes?, el sueño de toda mi vida, era llegar a ser algún día el propietario de un Circo de Ratones Blancos. Tendría un pequeño escenario con un telón rojo, y cuando se descorriera el telón, el público vería a mis mundialmente famosos ratones amaestrados haciendo toda clase de cosas: andando por la cuerda floja, lanzándose desde un trapecio, dando volteretas en el aire, saltando sobre un trampolín y todo lo demás. Tendría ratones blancos montados en ratas blancas, mientras éstas galopaban furiosamente dando vueltas a la pista. Estaba empezando a imaginarme viajando en primera clase por el mundo entero con mi Famoso Circo de Ratones Blancos, y actuando ante todas las cabezas coronadas en Europa.

El entrenamiento de Mary estaba a medias cuando, de repente, oí voces fuera de la puerta del Salón de Baile. El sonido se hacía más fuerte, crecía en un gran parloteo de palabras provenientes de muchas gargantas. Reconocí la voz del espantoso director del hotel.
¡Socorro!, pensé. Menos mal que estaba el enorme biombo. Me agaché detrás y miré por la rendija entre dos hojas del biombo. Podía ver a lo ancho y a lo largo del salón sin que nadie me viera a mí.
—Bien, señoras, estoy seguro de que se encontrarán ustedes muy cómodas aquí —decía la voz del señor Stringer.
Entonces entró por las dobles puertas, con su frac negro y los brazos extendidos, guiando a un gran rebaño de señoras.
—Si hay algo que podamos hacer por ustedes, no vacilen en avisarme —continuó—. El té se les servirá en la Terraza Soleada, cuando hayan terminado su reunión.

Con esas palabras, se inclinó y se retiró del salón, mientras iba entrando una enorme manada de señoras pertenecientes a la Real Sociedad para la Prevención de la Crueldad con los Niños. Llevaban vestidos bonitos y todas tenían un sombrero en la cabeza.


6. EL CONGRESO

Ahora que el director se había ido, yo no estaba particularmente alarmado. ¿Qué mejor situación que la de estar encerrado en una habitación llena de estas estupendas señoras? Si llegaba a hablar con ellas, incluso podría sugerirles que vinieran a mi colegio para hacer un poco de prevención de la crueldad con los niños. No nos vendrían nada mal allí.

©Marc Brown
Entraron hablando sin parar. Empezaron a hacer corrillos y a elegir asientos y se oían muchas frases del tipo de:
—Ven a sentarte a mi lado, querida Millie.
—¡Oh, hola, Beatriz! ¡No te he visto desde el último congreso! ¡Qué vestido tan precioso llevas!

Decidí quedarme donde estaba y dejarlas celebrar su congreso, mientras yo seguía amaestrando a mis ratones, pero las observé un rato más por la rendija del biombo, esperando a que se aposentasen. ¿Cuántas habría? Calculé que unas doscientas. Las filas de atrás fueron las primeras en llenarse. Todas parecían querer sentarse lo más lejos posible de la tarima.

En el centro de la última fila, había una señora con un diminuto sombrero verde, que no dejaba de rascarse la nuca. No podía parar. Me fascinaba el modo en que sus dedos rascaban continuamente el pelo de la nuca. Si ella hubiera sabido que alguien la estaba observando desde atrás, estoy seguro de que se hubiera sentido azarada. Pensé si tendría caspa. De repente, noté que la señora que estaba a su lado ¡estaba haciendo lo mismo! ¡Y la siguiente! ¡Y la otra! Lo hacían todas. ¡Se rascaban como locas el pelo de la nuca! ¿Tendrían pulgas en el pelo? Era más probable que fueran piojos.

Un chico de mi colegio, que se llama Ashton, había tenido piojos el trimestre anterior y la directora le obligó a meter toda la cabeza en aguarrás. Desde luego, eso mató a todos los piojos, pero por poco no mata a Ashton también. La mitad de la piel se le desprendió del cráneo.

Estas rascaderas compulsivas empezaron a fascinarme. Siempre es divertido pillar a alguien haciendo algo grosero cuando cree que nadie le ve. Meterse el dedo en la nariz, por ejemplo, o rascarse el culo. Rascarse la cabeza es casi tan feo como eso, especialmente si se hace sin parar.

Decidí que debían de ser piojos.

Entonces ocurrió lo más asombroso. Vi a una señora metiendo los dedos por debajo de su cabellera, y el pelo, toda la cabellera, se levantó en una pieza, y la mano se deslizó por debajo y continuó rascando. ¡Llevaba peluca! ¡También llevaba guantes! Miré rápidamente al resto de las mujeres, que ya estaban sentadas. ¡Todas y cada una de ellas llevaba guantes!

La sangre se heló en mis venas. Me puse a temblar de pies a cabeza. Miré desesperadamente a mi espalda en busca de una puerta trasera por la cual escapar. No había ninguna. ¿Me convenía dar un salto y echar a correr hacia las puertas dobles? Las puertas dobles ya estaban cerradas y vi a una mujer de pie delante de ellas. Estaba inclinada hacia delante, sujetando una especie de cadena metálica que rodeaba los dos picaportes.

No te muevas, me dije. Nadie te ha visto todavía. No hay ninguna razón para que nadie venga a mirar detrás del biombo. Pero un solo movimiento en falso, una tos, un estornudo, un soplido, el más mínimo ruido de cualquier clase y te atrapará no una bruja, ¡sino doscientas!

En ese momento, creo que me desmayé. Todo aquel asunto era demasiado para un niño. Pero creo que no estuve inconsciente más de unos segundos, y cuando volví en mí, estaba tumbado en el suelo y, gracias a Dios, seguía estando detrás del biombo. Había un silencio absoluto a mi alrededor.

Temblorosamente, me puse de rodillas y miré otra vez por la rendija del biombo.