Haz de tus hijos pequeños lectores, con cuentos que despertarán su imaginación y su amor por la lectura.

ESPECIAL HALLOWEEN: LAS BRUJAS (IX), de Roald Dahl

18. EL TRIUNFO

El señor Jenkins apenas había avanzado unos pasos en dirección a la mesa de La Gran Bruja, cuando un penetrante alarido se alzó por encima de todos los demás ruidos del comedor y, al mismo tiempo, ¡vi que La Gran Bruja saltaba por los aires! Ahora estaba de pie sobre su silla, chillando... Ahora, encima de la mesa, agitando los brazos...
—¿Qué está pasando, abuela?
—¡Espera! —dijo la abuela—. Calla y observa.
De pronto, todas las demás brujas, más de ochenta, empezaron a gritar y a saltar de sus asientos como si les hubieran clavado un pincho en el trasero. Unas se subieron a las sillas, otras a las mesas, y todas se retorcían y movían los brazos de un modo rarísimo. Luego, de repente, se quedaron calladas. Después se pusieron rígidas. Todas y cada una de las brujas se quedaron tan tiesas y silenciosas como un cadáver. Todo el comedor permaneció mortalmente quieto.
—¡Se están encogiendo, abuela! —dije—. ¡Se están encogiendo como me pasó a mí!
—Lo sé —dijo mi abuela.
—¡Es el Ratonizador! —grité—. ¡Mira! ¡A algunas les está saliendo pelo en la cara! ¿Por qué les hace efecto tan rápido, abuela?
—Te lo diré —dijo mi abuela—. Porque todas ellas han tomado grandes sobredosis, lo mismo que tú. ¡Eso ha destrozado el mecanismo del despertador!

Todo el mundo se había levantado para ver mejor la escena. Algunas personas se acercaban. Estaba empezando a formarse un gentío en torno a las dos mesas largas. Mi abuela nos levantó a Bruno y a mí para que no nos perdiéramos nada del espectáculo. Estaba tan excitada que se subió a su silla, para poder ver por encima de las cabezas de la gente. En unos segundos más, todas las brujas habían desaparecido por completo y las dos mesas largas eran un hervidero de ratoncitos pardos.

© Unknown
Por todo el comedor las mujeres chillaban y hombres serios y fuertes se ponían blancos y gritaban «¡Esto es una locura! ¡Esto no puede suceder! ¡Vámonos de aquí en seguida!». Los camareros atacaban a los ratones con las sillas, las botellas de vino o lo que encontraran a mano. Vi a un cocinero con un gorro alto blanco salir corriendo de la cocina blandiendo una sartén, y a otro detrás de él, agitando un cuchillo de trinchar por encima de su cabeza. Todo el mundo gritaba «¡Ratones! ¡Ratones! ¡Ratones! ¡Tenemos que librarnos de los ratones!». 

Sólo los niños que había allí se lo estaban pasando realmente bien. Todos ellos parecían comprender instintivamente que lo que estaba ocurriendo allí, delante de ellos, era algo bueno, y aplaudían y daban vivas y se reían como locos.

—Es hora de irnos —dijo mi abuela—. Nuestra tarea ha terminado.
Se bajó de la silla, cogió su bolso y se lo colgó del brazo. Me llevaba a mí en la mano derecha y a Bruno en la izquierda.
—Bruno —dijo—, ha llegado el momento de devolverte al famoso seno de tu familia.
—A mi mamá no le entusiasman los ratones —dijo Bruno.
—Ya lo he notado —dijo mi abuela—. Pero seguro que se acostumbrará a ti, ¿verdad?

No fue difícil encontrar al señor y la señora Jenkins. La aguda voz de la señora se oía por todo el comedor.
—¡Herbert! —chillaba—. ¡Herbert! ¡Sácame de aquí! ¡Hay ratones por todas partes! ¡Se me van a subir por las piernas!
Había puesto los brazos alrededor del cuello de su marido y, desde donde yo estaba, parecía que estaba colgada de él. Mi abuela se aproximó a ellos y puso a Bruno en la mano del señor Jenkins por la fuerza.
—Aquí tiene a su niño —dijo—. Debe ponerle a régimen.
—Hola, papi —dijo Bruno—. Hola, mami.
La señora Jenkins berreó todavía más fuerte. 

Mi abuela, llevándome en su mano, dio media vuelta y se marchó del comedor. Atravesó el vestíbulo del hotel y salió por la puerta principal, al aire libre.
Fuera, hacía una noche maravillosa y yo oí las olas que rompían en la playa, al otro lado de la carretera.
—¿Se puede conseguir un taxi aquí? —le preguntó mi abuela al portero, un hombre alto con un uniforme verde.
—Desde luego, señora —dijo él.
Se puso dos dedos en la boca y lanzó un largo y agudo silbido. Yo le miré con envidia. Había estado varias semanas intentando silbar de ese modo, pero no lo conseguí ni una vez. Ya no podría conseguirlo nunca.
Llegó el taxi. El taxista era un hombre maduro con un espeso bigote negro que le caía sobre la boca como las raíces de una planta.
—¿Dónde vamos, señora? —preguntó.
De pronto me vio, un ratoncito acurrucado en la mano de mi abuela.
—¡Vaya! —dijo—. ¿Qué es eso?
—Es mi nieto —dijo mi abuela—. Por favor, llévenos a la estación.
—Siempre me gustaron los ratones —dijo el viejo taxista—. Tenía montones de ellos cuando era pequeño. Los ratones son los animales que se reproducen más rápidamente, ¿lo sabía, señora? Así que, si ése es su nieto, calculo que dentro de dos semanas tendrá usted unos cuantos biznietos para hacerle compañía.
—Llévenos a la estación, por favor —dijo mi abuela, muy digna.
—Sí, señora —dijo.él—. Ahora mismo. 

© Iban Barrenetxea
Mi abuela se metió en el taxi, se sentó y me colocó en su falda.
—¿Nos vamos a casa? —le pregunté.
—Sí —contestó—. Volvemos a Noruega.
—¡Hurra! —grité—.
—Pensé que te gustaría —dijo ella.
—Pero, ¿qué hacemos con el equipaje?
—¿A quién le importa el equipaje? —dijo. 
El taxi iba por las calles de Bournemouth y era esa hora en que las aceras están abarrotadas de veraneantes que pasean sin tener nada que hacer.
—¿Cómo te encuentras, cielo? —preguntó mi abuela.
—Bien —contesté—. Estupendamente.
Ella se puso a acariciar la piel de mi cuello con un dedo.
—Hemos realizado grandes hazañas hoy —dijo.
—Ha sido fantástico —dije—. Absolutamente fantástico.


19. EL CORAZÓN DE UN RATÓN

Era maravilloso haber vuelto a Noruega una vez más y estar en la antigua y hermosa casa de mi abuela. Pero ahora yo era tan pequeño que todo parecía distinto y tardé bastante tiempo en aprender a moverme por la casa. El mío era un mundo de alfombras, patas de mesas y de sillas, y de los pequeños huecos que quedan detrás de los muebles grandes. Las puertas cerradas no se podían abrir y las cosas que estuvieran sobre una mesa eran inalcanzables.

Pero al cabo de unos días mi abuela empezó a inventar cosas para hacer mi vida un poco más fácil. Le encargó a un carpintero que hiciera unas cuantas escaleritas altas y estrechas, y colocó una apoyada en cada mesa de la casa para que yo pudiera subir por ellas siempre que quisiera. Ella misma inventó un maravilloso mecanismo abrepuertas hecho de alambres, muelles y poleas, con pesas que colgaban de unas cuerdas, y al poco tiempo todas las puertas de la casa tenían un abrepuertas de éstos. Lo único que yo tenía que hacer era apretar con las patas delanteras una pequeña tablita de madera y, de inmediato, el muelle se estiraba, la pesa bajaba y la puerta se abría.

Luego, montó un sistema igualmente ingenioso para que yo pudiera encender cualquier luz cuando entraba de noche en una habitación. No puedo explicar cómo funcionaba, porque no sé nada de electricidad, pero había un botoncito en el suelo al lado de cada puerta, y cuando yo apretaba ligeramente el botón con una pata, se encendía la luz.

Mi abuela me hizo un cepillo de dientes diminuto, utilizando como mango una cerilla, en la cual clavó trocitos de cerda de uno de sus cepillos de pelo.
—No debes tener caries en los dientes —me dijo—. ¡No puedo llevar a un ratón al dentista! ¡Creería que estoy loca!
—Es gracioso —dije—, pero desde que me convertí en ratón detesto el sabor de los dulces y del chocolate. Así que no creo que llegue a tener caries.
—De todas formas, te vas a lavar los dientes después de cada comida —dijo mi abuela.

Y así lo hacía.

Como bañera me dio un azucarero de plata y yo me bañaba en él todas las noches antes de acostarme. No dejaba entrar a nadie en la casa, ni siquiera a una criada o una cocinera. Estábamos completamente solos y disfrutábamos mucho de nuestra mutua compañía.

Una tarde, cuando yo estaba en el regazo de mi abuela, delante de la chimenea, me dijo:
—Me pregunto qué habrá sido del pobre Bruno.
—No me sorprendería que su padre se lo haya dado al portero del hotel para que lo ahogara en el cubo —contesté.
—Me temo que tengas razón —dijo ella—. Pobrecito.

Nos quedamos en silencio durante unos minutos, mi abuela dando chupadas a su negro puro, mientras yo me adormilaba por el calorcillo.
—¿Puedo preguntarte algo, abuela? —dije.
—Pregúntame lo que quieras, cariño.
—¿Cuántos años vive un ratón?
—Ah —dijo ella—. Esperaba que me preguntaras eso.
Hubo un silencio. Ella fumaba y contemplaba el fuego.
—Bueno —dije—. ¿Cuánto vivimos los ratones?
—He estado leyendo libros sobre ratones —dijo—. He intentado averiguar todo lo que he podido acerca de ellos.
—Sigue, abuela. ¿Por qué no me lo dices?
—Si de verdad quieres saberlo —dijo—, me temo que los ratones no viven mucho.
—¿Cuánto? —pregunté.
—Bueno, un ratón corriente sólo vive unos tres años. Pero tú no eres un ratón corriente. Tú eres un ratón persona, y eso es muy diferente.
—¿Hasta qué punto? —pregunté—. ¿Cuánto vive un ratón persona, abuela?
—Más —dijo—. Mucho más.
—¿Cuánto más?
—Un ratón persona vive, casi seguro, tres veces más que un ratón corriente. Unos nueve años —dijo mi abuela.
—¡Estupendo! —grité—. ¡Eso es magnífico! ¡Es la mejor noticia que he tenido!
—¿Por qué dices eso? —preguntó, sorprendida.
—Porque no quisiera vivir más que tú —dije—. No soportaría que me cuidase otra persona.

Hubo un breve silencio. Ella tenía un modo de acariciarme con la yema de un dedo detrás de las orejas que me encantaba.
—¿Cuántos años tienes tú, abuela? —pregunté.
—Ochenta y seis —dijo.
—¿Vivirás ocho o nueve años más? —pregunté.
—Puede que sí —dijo—. Con un poco de suerte.
—Tienes que vivirlos —dije—. Porque para entonces yo seré un ratón muy viejo y tú serás una abuela muy vieja y poco después nos moriremos juntos.
—Eso sería perfecto —dijo.
© Leonard Filgate

Entonces me adormilé un ratito. Cerré los ojos sin pensar en nada y me sentí en paz con el mundo.
—¿Quieres que te diga algo muy interesante acerca de ti? —dijo mi abuela.
—Sí, por favor, abuela —dije, sin abrir los ojos.
—Yo no podía creerlo al principio, pero, al parecer, es completamente cierto.
—¿Qué es? —pregunté.
—El corazón de un ratón —dijo—, es decir, tu corazón, late ¡quinientas veces por minuto! ¿No es asombroso?
—No es posible —dije, abriendo mucho los ojos.
—Tan cierto como que estoy aquí sentada —dijo ella—. Es una especie de milagro.
—¡Eso es casi nueve pulsaciones por segundo! —grité, después de calcularlo mentalmente.
—Exacto —dijo—. Tu corazón late tan rápido que es imposible oír las pulsaciones separadas. Sólo se oye un suave zumbido. 

 —¿Has oído mi corazón zumbar alguna vez, abuela? —le pregunté.

—Muchas veces —contestó—. Lo oigo cuando estás tumbado en la almohada, muy cerca de mí, por las noches.
Los dos nos quedamos callados frente al fuego durante mucho rato, pensando en esas cosas maravillosas.
—Cariño —dijo ella, al fin—, ¿estás seguro de que no te importa ser un ratón el resto de tu vida?
—No me importa en absoluto —dije—. Da igual quién seas o qué aspecto tengas mientras que alguien te quiera.


20. ¡VAMOS A TRABAJAR!

Esa noche mi abuela cenó una tortilla sencilla y una rebanada de pan. Yo tomé un pedazo de ese queso noruego de leche de cabra que se llama gjetost, que ya me encantaba antes, cuando era un niño. Comimos delante de la chimenea, mi abuela en su sillón y yo sobre la mesa, con el queso moreno en un platito.

—Abuela —le dije—, ahora que hemos eliminado a La Gran Bruja, ¿desaparecerán gradualmente todas las demás brujas del mundo?
—Estoy segura de que no —contestó.

Dejé de masticar y la miré.

—¡Pero tienen que desaparecer! —grité—. ¡Seguro que sí!
—Me temo que no —dijo.
—Pero si ella ya no está allí, ¿cómo van a conseguir todo el dinero que necesitan? ¿Y quién va a darles órdenes y a estimularlas en los Congresos Anuales y a inventar todas las fórmulas mágicas?
—Cuando muere una abeja reina, siempre hay otra reina en la colmena, preparada para tomar su puesto —dijo ella—. Lo mismo ocurre con las brujas. En el cuartel general donde vive La Gran Bruja, hay siempre otra Gran Bruja esperando entre bastidores para sustituirla, si le sucede algo.
—¡Oh, no! —grité—. ¡Eso significa que todo lo que hemos hecho no ha servido de nada! ¿Me he convertido en ratón para nada?
—Hemos salvado a los niños de Inglaterra —dijo ella—. Yo no diría que eso no es nada.
—¡Lo sé, lo sé! —grité—. ¡Pero eso no basta, ni mucho menos! ¡Yo estaba seguro de que todas las brujas del mundo desaparecerían poco a poco, ahora que habíamos eliminado a su jefa! ¡Y tú me dices que todo va a seguir exactamente igual que antes!
—Exactamente igual que antes, no —dijo ella—. Por ejemplo, ya no queda ninguna bruja en Inglaterra. Eso es un gran triunfo, ¿no?
—¿Pero qué pasa con el resto del mundo? —grité—. ¿Qué pasa con América y Francia y Holanda y Alemania? ¿Y Noruega?
—No creas que me he estado sentada sin hacer nada estos últimos días —dijo—. Le he dedicado mucho tiempo y reflexión a ese problema.

Yo la estaba mirando a la cara cuando dijo esto, y de pronto noté que una sonrisita misteriosa empezaba a extenderse por sus ojos y en las comisuras de su boca.
—¿Por qué sonríes, abuela? —le pregunté.
—Tengo algunas noticias bastante interesantes que darte —dijo.
—¿Qué noticias?
—¿Te lo cuento todo desde el principio?
—Sí, por favor. Me gustan las buenas noticias.

Ella había terminado su tortilla y yo había tomado suficiente queso. Se limpió los labios con una servilleta y dijo:
—No bien volvimos a Noruega, cogí el teléfono e hice una llamada a Inglaterra.
—¿A quién en Inglaterra?
—Al Jefe de Policía de Bournemouth, cariño. Le dije que era el Jefe de Policía de toda Noruega y que me interesaban los extraños sucesos que habían tenido lugar en el Hotel Magnífico recientemente.
—Espera un segundo, abuela —dije—. No es posible que un policía inglés se creyera que tú eras el Jefe de la policía noruega.
—Soy buenísima imitando una voz de hombre —dijo—. Por supuesto que me creyó. El policía de Bournemouth se sintió muy honrado de recibir una llamada del Jefe de Policía de toda Noruega.
—¿Y qué le preguntaste?
—Le pregunté el nombre y la dirección de la señora que se había hospedado en la habitación cuatrocientos cincuenta y cuatro del Hotel Magnífico, la que había desaparecido.
—¡Quieres decir La Gran Bruja! —grité.
—Sí, cariño.
—¿Y te la dio?
—Naturalmente que me la dio. Un policía siempre ayuda a otro policía.
—¡Dios mío, qué valor tienes, abuela!
—Quería su dirección —dijo mi abuela.
—¿Y él sabía su dirección?
—Claro que sí. Habían encontrado su pasaporte en la habitación, y en él constaba la dirección. También estaba en el registro del hotel. Todo el que se hospeda en un hotel tiene que poner su nombre y dirección en el libro de registro.
—¡Pero seguro que La Gran Bruja no iba a poner su verdadero nombre y dirección en el registro del hotel! —dije.
—¿Y por qué no? —dijo mi abuela—. Nadie en el mundo tenía ni la menor idea de quién era ella, excepto las otras brujas. A todas partes donde iba, la gente la conocía sólo como una señora agradable. Tú, cariño, y nadie más que tú, eres la única persona que la vio sin la máscara. Incluso en el pueblo donde vivía, la gente la conocía como una amable y riquísima baronesa que daba grandes sumas de dinero para obras de caridad. Lo he comprobado.

Yo me estaba poniendo muy nervioso con todo esto.
—Y esa dirección que te dieron, abuela, debe de haber sido el cuartel general secreto de La Gran Bruja.
—Lo sigue siendo —dijo ella—. Y será allí, con seguridad, donde la nueva Gran Bruja estará viviendo en este mismo momento con su séquito de Brujas Ayudantes. Los dirigentes importantes están siempre rodeados de un gran séquito de ayudantes.
—¿Dónde está su cuartel general, abuela? —grité—. ¡Dime pronto dónde está!
—Es un castillo —dijo mi abuela—. ¡Y lo fascinante es que en ese castillo estarán todos los nombres y direcciones de todas las brujas del mundo! ¿De que otro modo podría La Gran Bruja dirigir sus negocios? ¿Cómo iba a convocar a las brujas de los distintos países a los Congresos Anuales?
—¿Dónde está el castillo? —grité, impaciente—. ¿En qué país? ¡Dímelo pronto!
—Adivínalo —dijo ella.
—¡Noruega! —grité.
—¡Acertaste a la primera! —dijo ella—. En lo alto de las montañas, encima de un pueblecito.

La noticia era sensacional. Bailé una pequeña danza de emoción encima de la mesa. Mi abuela también estaba muy excitada, y se levantó trabajosamente de su sillón y se puso a pasear arriba y abajo, dando golpecitos en la alfombra con su bastón.
—¡Así que tenemos que ponernos a trabajar, tú y yo! —gritó—. ¿Tenemos una gran tarea ante nosotros! ¡Menos mal que eres un ratón! ¡Un ratón puede ir a cualquier parte! ¡Lo único que tendré que hacer será dejarte en algún sitio cerca del castillo de La Gran Bruja y te será fácil entrar y moverte por allí, mirando y escuchando todo lo que quieras!
—¡Lo haré! ¡Lo haré! —contesté—. ¡Nadie me verá! ¡Moverme por un gran castillo será un juego de niños comparado con entrar en una cocina llena de camareros y cocineros!
—¡Podrías incluso pasar días allí si fuera necesario! —gritó mi abuela.

En su excitación, agitaba el bastón de un lado para otro y, de pronto, golpeó un jarrón alto y muy hermoso, que cayó al suelo y se rompió en mil pedazos.
—¡Olvídalo! —dijo—. Sólo era un Ming. ¡Podrías pasar semanas en ese castillo si quisieras y nadie te descubriría! Yo alquilaría una habitación en el pueblo y tú podrías salir del castillo y venir a cenar conmigo todas las noches para contármelo todo!
—¡Sí! ¡Sí! —grité—. ¡Y en el castillo podría husmear por todos sitios!
—Pero tu principal misión, por supuesto, sería destruir a todas las brujas del lugar —dijo mi abuela—. ¡Eso sí que sería el verdadero fin de toda la organización!
—¿Destruirlas yo a ellas? —grité—. ¿Cómo podría hacerlo?
—¿No te lo imaginas?
—Dímelo.
—¡El Ratonizador! —gritó mi abuela—. Fórmula ochenta y seis. Ratonizador de Acción Retardada. ¡Se lo darías a todas las del castillo, echando unas gotas en su comida! Te acuerdas de la receta, ¿no?
—¡Con todo detalle! —contesté—. ¿Quieres decir que la vamos a preparar nosotros mismos?
—¿Por qué no? —gritó ella—. Si ellas pueden hacerla, ¡nosotros también! ¡Sólo es cuestión de saber los ingredientes!
—¿Y quién va a trepar a los árboles altos para coger los huevos del pájaro gruñón? —le pregunté.
—¡Yo! —gritó—. ¡Lo haré yo misma! ¡Todavía hay mucha vida en esta perra vieja!
—Creo que será mejor que yo haga parte del trabajo, abuela. Puede que tú fracasaras.
—¡Eso no son más que pequeños detalles! —gritó ella, moviendo el bastón de un lado a otro—. ¡No permitiremos que nada se interponga en nuestro camino!
—¿Y qué pasará después? —le pregunté—. ¿Después de que La Gran Bruja y todas las demás que están en el castillo se hayan convertido en ratones?
—Entonces el castillo estará completamente vacío y yo entraré y me reuniré contigo y...
—¡Espera! —grité—. ¡Un momento, abuela! ¡Se me acaba de ocurrir una idea desagradable!
—¿Qué idea desagradable? —dijo ella.
—Cuando el Ratonizador me transformó a mí en un ratón, no me convertí en un ratón vulgar y corriente que puedes atrapar en una ratonera. Me convertí en un ratón persona inteligente, que piensa y que habla, ¡y que ni se le ocurriría acercarse a una ratonera!

Mi abuela se paró en seco. Comprendió lo que venía a continuación.

—Por lo tanto —continué—, si usamos el Ratonizador para convertir a la nueva Gran Bruja y a las otras brujas del castillo en ratones, todo el lugar será un hervidero de ratones brujas listísimas, malísimas y peligrosísimas. Y eso —añadí— podría ser verdaderamente horrible.
—¡Tienes razón! —gritó—. ¡Eso no se me había ocurrido!
—Yo no podría dominar un castillo lleno de ratones brujas —dije.
—Ni yo tampoco —dijo ella—. Habría que deshacerse de ellas de inmediato. Habría que aplastarlas y destrozarlas y hacerlas picadillo como sucedió en el Hotel Magnífico.
—Yo no pienso hacer eso —dije—. Además, no podría. Y creo que tú tampoco, abuela. Y las ratoneras no servirían de nada. A propósito —añadí— La Gran Bruja que me atrapó estaba equivocada respecto a las ratoneras, ¿no?
—Sí, sí —dijo mi abuela con impaciencia—. Pero no me preocupa esa Gran Bruja. Hace ya mucho que el cocinero del hotel la hizo picadillo. Es de la nueva Gran Bruja de quien tenemos que ocuparnos ahora, la que está en el castillo, y de sus ayudantes. Una Gran Bruja disfrazada de señora ya es bastante peligrosa, ¡pero imagínate lo que podría hacer si fuera un ratón! ¡Podría ir a cualquier sitio!

© Anna Hollerer
—¡Ya lo tengo! —grité, pegando un salto de medio metro—. ¡Tengo la solución!
—¡Dime! —gritó mi abuela.
—¡La solución son los GATOS! Traer muchos gatos!
Mi abuela me miró fijamente. Luego una gran sonrisa la iluminó la cara y gritó:
—¡Es una brillante idea! ¡Absolutamente brillante!
—¡Soltamos media docena de gatos en el castillo, y matarán a todos los ratones en cinco minutos, por muy listos que sean!
—¡Eres un genio! —gritó mi abuela, blandiendo su bastón otra vez.
—¡Cuidado con los jarrones, abuela!
—¡A la porra los jarrones! —gritó—. ¡Estoy tan emocionada que no me importa romperlos todos!
—Una cosa —dije—, tienes que asegurarte bien de que yo no esté allí, antes de soltar a los gatos.
—Prometido —dijo.
—¿Qué vamos a hacer cuando los gatos hayan matado a todos los ratones? —le pregunté.
—Me llevaré a todos los gatos al pueblo, y entonces tú y yo tendremos todo el castillo para nosotros.
—¿Y luego?
—¡Luego examináremos los archivos y tendremos los nombres y direcciones de todas las brujas del mundo!
—¿Y después de eso? —dije, temblando de emoción.
—Después de eso, mi vida, ¡empezará para nosotros la tarea más grande de todas! ¡Haremos las maletas y viajaremos por el mundo entero! ¡En cada país que visitemos, buscaremos las casas donde viven las brujas! Encontraremos cada casa, una por una, y una vez encontrada, tú te introducirás en ella y pondrás unas gotitas del mortal Ratonizador en el pan, o en los cereales, o en el arroz, o en cualquier alimento que veas por allí. ¡Será un triunfo, cielo mío! ¡Un triunfo colosal, insuperable! ¡Lo haremos tú y yo solos! ¡Ese será nuestro trabajo para el resto de nuestras vidas!

Mi abuela me levantó de la mesa y me dio un beso en la nariz.

—¡Oh, Dios mío, vamos a estar ocupadísimos las próximas semanas, y meses, y años!
—Creo que sí —dije—. ¡Pero qué divertido y emocionante va a ser!
—¡Puedes estar seguro! —gritó mi abuela, dándome otro beso—. ¡Estoy impaciente por empezar! 

FIN