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CUENTOS CLÁSICOS: LA BELLA DURMIENTE, de los hermanos Grimm

¡Buen día! Hoy leemos el cuento de la bella durmiente, todo un clásico infantil de los hermanos Grimm que no pasa de moda.

Como casi todos los cuentos de príncipes y princesas, porque a ver, confesad, ¿quién no ha imaginado alguna vez que era la bella Rosa Silvestre a la hora de la siesta? ¿O un príncipe elegido para acabar con un malvado, lápiz en mano?

¡Que os guste!

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© Nadezhda Illarionova
Hace mucho, mucho tiempo, vivían en un pais remoto un rey y una reina que no tenían hijos. Cada día se lamentaban por ello, pero no tenían suerte.
Cierto día en que la reina se bañaba en el río, una rana saltó a la orilla y le dijo:
—Se cumplirá tu deseo y antes de un año darás a luz una hija.

Y sucedió tal y como pronosticó la rana: la reina tuvo una niña tan hermosa, que el rey no cabía en sí de alegría y organizó una gran fiesta para celebrarlo. Invitó no sólo a sus parientes, amigos y conocidos, sino también a las hadas, con la esperanza de que se mostrasen generosas con su pequeña y la colmasen de bendiciones.

Pero en el reino había trece hadas, y el rey sólo tenía doce platos de oro para servirles en el banquete, así que no hubo más remedio que dejar de invitar a una. 
El banquete se celebró con todo esplendor y al terminar, cada una de las hadas concedió un don a la recién nacida. Una le otorgó generosidad, otra inteligencia, otra simpatía, y así fueron una a una bendiciéndola con todo lo bueno que hay en el mundo.

Cuando ya once habían pronunciado su gracia, se presentó de improviso el hada número trece, que queriendo vengarse por no haber sido invitada a la fiesta, maldijo así a la pequeña:

—La princesa se pinchará con una rueca en cuanto cumpla los quince años, y caerá muerta.
Y, sin añadir nada más, se marchó.

Todos los presentes quedaron aterrados. Pero el hada número doce, que aún no había expresado su bendición, quiso atenuar la sentencia, ya que no tenía poder para eliminarla, y dijo así: 
—La princesa no quedará muerta, sino durmiendo un sueño profundo que durará cien años.

El rey, ansioso de preservar a su hija de la desgracia que la amenazaba, mandó quemar todas las ruecas que hubiera en el reino.

Y así pasó el tiempo. La princesa parecía haber evitado su maldición y por el contrario, haber desarrollado todas las bendiciones del día de su bautizo. Todo el que la conocía quedaba encantado con ella y no podía más que quererla y admirarla.

El día en que cumplía quince años, estando el rey y la reina ausentes de palacio, la princesa se encontró a solas, y aprovechó la ocasión para recorrerlo todo. Entró en todas las habitaciones y en los aposentos que hasta entonces le habían sido vetados, hasta que llegó a una antigua torre. Trepando por la estrecha escalera de caracol que conducía a lo alto, encontró una puertecita. En la cerradura había una llave enmohecida. Le dio la vuelta, la puerta se abrió y apareció, en una pequeña estancia, una mujer muy vieja hilando en una rueca.
—Buenos días, abuelita —dijo la princesa—. ¿Qué estás haciendo?
—Estoy hilando —dijo la vieja moviendo la cabeza.
—¿Y qué es esta cosa que rueda tan alegremente? —preguntó la muchacha y, cogiendo la rueca, quiso hilar también.
Sin embargo, apenas la hubo tocado se pinchó el dedo, y la maldición quedó cumplida. En el mismo momento cayó sin sentido sobre la cama que había en el cuarto y quedó profundamente dormida. 
Y su sueño se propagó por todo el palacio.

El rey y la reina, que acababan de regresar y se hallaban en el salón, se quedaron dormidos, y con ellos toda la corte. Y se durmieron los caballos en la cuadra, los perros en el patio, las palomas en el tejado, las moscas en la pared… Hasta el fuego que llameaba en el hogar quedó inmóvil y dormido, y el asado dejó de cocinarse, y el cocinero, que se disponía a tirar de las orejas al pinche por alguna travesura suya, lo soltó y se quedó dormido. Amainó el viento, y en los árboles que rodeaban el palacio ya no se movió ni una sola hoja.

En torno al castillo, empezó a crecer un seto de rosales silvestres que cada año se hacía más alto y que acabó por rodear todo el edificio, cubriéndolo de forma que nada se veía a través de las hojas, ni siquiera el pendón que ondeaba en la punta de la torre.

Por todo el país empezó corrió la leyenda de la princesa durmiente, a quien llamaron desde entonces Rosa Silvestre. Y de cuando en cuando, se presentaban príncipes dispuestos a entrar en el palacio atravesando el seto espinoso, pero ninguno lo conseguía porque los rosales, como si tuviesen manos, los aprisionaban, y éstos quedaban atrapados sin poder soltarse.

Al cabo de muchos años llegó al país el hijo de un rey, y oyó en boca de un anciano la historia del seto espinoso, dentro del cual había un palacio habitado por una princesa llamada Rosa Silvestre, que estaba sumida en un profundo sueño junto con el Rey, la Reina y toda la Corte. Supo también que muchos príncipes antes habían intentado entrar en el palacio, pero que todos habían muerto trágicamente, aprisionados entre los espinos.

Dijo entonces el recién llegado:
—Pues yo no temo nada, iré a ver a la princesa durmiente.

El buen anciano intentó disuadirlo, pero el príncipe no hizo caso de sus palabras.

Y así, cuando ya se cumplían cien años del maleficio, llegó el día del despertar de la princesa. Cuando el príncipe se acercó al seto de rosales silvestres, vio que las grandes y hermosas flores se apartaban a su paso dejándolo avanzar, para volverse a cerrar tras él como un enrejado.

En el patio del palacio vio los caballos y los perros de caza, y en el tejado las palomas, inmóviles, con la cabeza debajo del ala. Y cuando entró en el castillo, las moscas dormían en la pared, el cocinero tenía la mano extendida queriendo atrapar al pinche, y la criada continuaba sentada delante del pollo a punto de desplumarlo. Siguió avanzando hasta el gran salón y se encontró con toda la Corte dormida en el suelo, y en el trono, vio al rey y la reina. En todas partes reinaba un silencio absoluto, de forma que podía oír su propia respiración.

Finalmente llegó a la torre y, al abrir la puerta, vio a Rosa Silvestre. Yacía en la cama, y estaba tan hermosa que el príncipe no podía dejar de mirarla. Se acercó y la besó.

En ese momento, la princesa abrió los ojos y, despertándose, le dirigió una mirada llena de amor. Bajaron juntos y, despertando al Rey, a la Reina y a los cortesanos, todos quedaron contemplándose mutuamente con ojos de asombro. Los caballos del establo se incorporaron y sacudieron, los perros de caza se pusieron a brincar y mover el rabo, las palomas del tejado sacaron la cabecita de debajo del ala y emprendieron el vuelo, las moscas siguieron andando por la pared, el fuego de la cocina llameó y siguió cociendo la comida, el cocinero dio al pinche un tortazo y la criada terminó de desplumar el pollo.

Y, con el mayor esplendor, se celebró la boda del príncipe y la princesa, y todos vivieron felices para siempre.